Pasó ya hace algunos días, pero ciertamente no puedo olvidarme de ello, ya que cuando cada día abro la puerta de mi aula, mis agostados ojos me devuelven una realidad que hace que las palabras de Esperanza Aguirre dirigidas a los profesores resuenen en mi casi aniquilada mente. “Sabemos que les estamos pidiendo un esfuerzo especial pero 20 horas son, en general, menos de las que trabajan el resto de los madrileños”. Me pregunto cómo es posible que un cargo público de tan elevado rango, puede ser tan ruin y despreciable. Dando por sentado que ese personaje no es para nada imbécil, sus palabras sólo destilaban maldad. Pretendía poner a la opinión pública en contra del profesorado manipulando la verdad miserablemente. Quizá mi vecino del cuarto, Manolo, que se mete dos aguardientes entre pecho y espalda en el bar de la esquina a punta de mañana antes de salir hacia el tajo, y que cuando vuelve a casa después de picar todo el día remata la jornada con 3 chatos largos de tinto de garrafón, quizá él, decía, pudiera soltar semejante barbaridad o, desde luego, creer a pies juntillas a la Esperancita. Pero ella no, ella no puede hacerlo, no puede decir semejante barbaridad.
Si algún lector que no sea de este gremio conoce personalmente a algún profesor, sabrá de primera mano de lo que estoy hablando. Pero por si queda alguno que no sabe cómo funciona este negocio, le explicaré que evidentemente la labor de un docente no acaba con las 18 clases a la semana, sino que hay una serie de tareas, además de entrar en el aula, que inevitablemente hay que realizar, a saber: preparar cada clase, elaborar ejercicios, corregirlos, idear exámenes, corregirlos, preparar tutorías, atender a los padres, tener todos los ordenadores del aula (si es que se tienen ordenadores) en perfecto estado de funcionamiento y configuración, y otra larga serie de pequeñas tareas que hay que realizar y que, obviamente, requieren tiempo, tiempo más allá de las horas lectivas a las que hacía referencia la señora Esperanza.
Pero en definitiva, éste no dejaría de ser un trabajo como otro cualquiera, con sus buenos momentos y con los otros, si no fuera porque la “materia prima” con la que trabajamos son personas a las que se pretende dar una educación y una formación. Y ahí es cuando todos los esfuerzos que se pongan por parte de las instituciones, serán siempre pocos. Si cada profesor tiene que dar dos horas más de clase a la semana, eso supone (en un centro como el mío) tener unos 9 profesores menos. Si con los que estamos no podemos sacar adelante en condiciones a las criaturas, ¿cómo lo vamos a hacer con 9 compañeros menos?
Esta mañana sólo he tenido 3 clases. Cuando he acabado la segunda hora ya había hecho tan mala sangre que si no es porque mis compañeros se me han llevado al bar a despejarme un poco, igual pierdo el control y me da por recurrir a ciertas “técnicas” del viejo sistema educativo con el que fui educado… Pero al final respiras hondo, prende de nuevo esa llamita cada vez más tenue que llaman vocación, y entras al aula intentando por enésima vez que esas criaturas empiecen a darse cuenta de que están tirando sus preciosas vidas irremisiblemente por el desagüe… y es que, optimista que es uno, la esperanza es lo último que se pierde. Aunque la que debería perderse es esa otra, la Aguirre.
