Huía este domingo electoral de todo contacto con los medios informativos para no ser bombardeado con los resultados de la farsa política y me refugié en el auditorio de Zaragoza donde se ha celebrado durante estas dos semanas el festival de jazz. Pero si bien lo que pretendía era encontrar algo de sosiego para mi desangelado ánimo, me topé una vez más con la desgracia de tener que presenciar cómo un técnico de sonido puede arruinar una noche de concierto.
El técnico de sonido (y digo “el” sin miedo a ser políticamente incorrecto, porque jamás me he encontrado a “la” técnico de sonido) es un individuo que ha aprendido a manejar unas mesas de mezclas y otros aparatos muy grandes con cientos y cientos (quizá miles) de botones, mandos y lucecicas, y que generalmente lo hace con mucha destreza. Pienso que tiene mérito la cosa. El problema es que el objetivo final es que los que hemos pagado nuestra entrada (bastante cara, por cierto) podamos disfrutar de un buen concierto. Ahí los músicos tendrán que demostrar lo que saben hacer, y el técnico de sonido es el encargado de que lo que hagan los músicos llegue con calidad al público.
¿Pero qué ocurre cuando un técnico de sonido tiene las orejas (o el cerebro) atrofiados? Pues que uno se queda perplejo preguntándose cómo es posible que ese individuo que está subiendo y bajando mandos sin parar, no se da cuenta de que el volumen es tan insoportable que ya no se oye música si no un terrible estruendo. Las brutales vibraciones del bajo y el bombo retumban sin cesar, y notas cómo el estómago se te encoge golpe tras golpe. Entonces, si ves que los tapones de cera no son capaces de amortiguar suficientemente el hiriente sonido, te levantas y te vas antes de perder completamente el oído.
Un día escuché a un otorrino en un programa de radio que explicaba que la gente no es consciente del peligro del los volúmenes altos. Y puso un ejemplo que fue suficientemente gráfico. Dijo “¿se imagina usted que está trabajando con una sierra y se le corta la mano de cuajo? Salvo un milagro quirúrgico, usted pierde la mano para siempre. Pues al oído le pasa lo mismo, si tiene una lesión grave, es para siempre. Para siempre.”
Quizá los responsables de la salud deberían obligar a que en cada concierto hubiera un control del nivel de decibelios y que estuviera prohibido superar el límite dañino. Para los que ya han visto machacado su oído ya es demasiado tarde (yo soy uno de ellos, tengo un acúfeno permanente gracias a algún “avezado” técnico de sonido, un pitido que está ahí “adentro”, y que ya sé que es para siempre), pero convendría poner fin a este sinsentido para evitar más desgracias de este tipo.
