José María Martínez. Siervos o ciudadanos

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Me decepciona mucho que soportemos sin pestañear que sean los mercados los que nos digan cómo tenemos que vivir. Porque estamos hablando de mercados, como algo abstracto, pero en realidad son los mercaderes, los que tienen la pasta, personas de carne y hueso, los que nos fuerzan a hacer cosas. Pero esos mercaderes no han sido elegidos por nadie. Sus intereses no son los nuestros. Nos obligan a traición, porque tienen en su poder el dinero.

Estamos en la vorágine de cambios políticos, sociales y laborales que son implementados por los gobiernos de turno, pero no lo hacen voluntariamente, sino que son puestos de rodillas y obligados a realizar reformas que la ciudadanía no queremos. Grecia, Irlanda, Portugal, España, etc… han modificado sus leyes al gusto de los dueños de la pasta.

Siendo esto grave, porque es sin duda quitarnos la libertad, es mucho más grave que los gobiernos y los partidos mayoritarios lo vean como normal, y no se atisba en el horizonte ni un ápice de rebeldía, ni un ápice de dignidad. Los que tienen el dinero nos están convirtiendo en siervos, y lo aceptamos como inevitable, como natural, como normal. Los gobiernos asumen que debe ser así, y punto. Los gobiernos de Europa son capitalistas.

Pero no puede ser. Esta no es la tierra prometida, esta no es la Europa anunciada, este no es el mundo al que queríamos dirigirnos. Y además, no es inevitable. Se pueden hacer las cosas de otra manera. No queremos órdenes de nadie, pero mucho menos si ni siquiera han sido elegidos por nosotros.

La situación actual tiene un origen. Esto tiene un antecedente. Hay que saber por qué. Cuando protestábamos porque la Unión Europea ponía al mercado en su Constitución como uno de los objetivos esenciales, estábamos diciendo que no queríamos que fuera el mercado (léase el dominio de los mercaderes) uno de los objetivos de la Unión Europea. Cuando en su artículo 3.2 la Constitución decía que sus objetivos eran “un espacio de libertad, seguridad y justicia sin fronteras interiores y un mercado interior en el la competencia sea libre y no esté falseada”, se estaba claudicando ante esos mercaderes, y se estaba poniendo al mismo nivel la libertad, la seguridad, la justicia y el mercado.

El mercado puede ser como mucho un medio, un indicativo, un instrumento del que nos valemos para saber la mayor o menor aceptación de un producto u otro, de un servicio u otro, pero jamás un objetivo de la Unión Europea. Eso es aceptar el capitalismo puro y duro como un axioma central. Es poner a la ciudadanía al servicio del capital. Eso era lo que se nos planteaba, enmascarado, cuando nos proponían la aprobación de la Constitución Europea, cuya continuación ha sido el Tratado de Lisboa.

Y el capital no tiene patria, no tiene sentimientos, no tiene moral. El capital va a su exclusivo beneficio. Y si para conseguir que los mercaderes tengan el máximo beneficio hacen falta guerras, guerras habrá. Y si para ello hace falta muerte, muerte habrá. Lo enmascararán con las armas de destrucción masiva, con el peligro nuclear de Irán, con el islamismo radical de Al Qaeda o con cualquier otra excusa. Cuando los que mandan tienen un objetivo simple y amoral, como es el máximo beneficio, todo es posible.

La ciudadanía nos debemos expresar, mediante manifestaciones, votaciones, firmas o cualquiera otra fórmula posible si estamos dispuestos a coger el futuro en nuestras manos, o vamos, de aquí en adelante, a vivir arrodillados. Es preciso que las distintas opciones políticas, sindicales y sociales digamos claramente si estamos resignados o vamos a pelear por un futuro en libertad. Debemos decidir si queremos ser siervos o ciudadanos.

Nosotros somos partidarios de enviar un mensaje de rebeldía a los mercaderes. Un mensaje que diga que nuestra libertad, que nuestra vida, deben estar por encima, deben ser prioritarias muy por delante de sus intereses económicos. Pero para que el mensaje sea efectivo, para que sea escuchado, tendremos que ser muchos más.

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