Opiniones

Juan Carlos Bosque

El ejemplo de Alonso

Casi me desmayo, mientras leía a mi buen amigo, José Luis Pueyo, proyectando alguna frustración propia sobre la imagen de Fernando Alonso, en este mismo medio.  Y es que debieron ser sus vísceras, en lugar de su bien amueblado cerebro, el lugar de donde partieron esas reflexiones, acerca de la influencia perniciosa del asturiano sobre el comportamiento de los conductores españoles.  Unas reflexiones tan profundas como las saladas de Alcañiz y tan estudiadas como la composición poética “Bota la pelota”.

En los últimos diez años ha habido una reducción acumulada del 72% en el número de muertos en carretera en España, pasando de las 3.993 víctimas mortales de 2003 a las 1.128 de 2013.  También se ha reducido el número de heridos graves, que han pasado de 19.493 a 5.206, en el mismo periodo de tiempo.  Además, se ha reducido la velocidad media real a la que se circula por carreteras secundarias de los 90,4 km/h de 1999 a 78,8 km/h de 2010.  Osea, que las conclusiones de mi buen amigo José Luis, acerca de la perniciosa influencia del piloto de F-1 en el comportamiento de los conductores españoles durante los últimos ocho años, tienen de científicas lo mismo que las que un servidor pueda realizar, en este medio, acerca de la influencia del descubrimiento del Tinandur, por parte de la compañía Krupp, en la evolución de los álabes de los rotores del reactor de flujo axial Jumo 109-004B diseñado por Anselm Franz durante 1943; cero patatero.

Lo cierto es que las personas públicas debemos aceptar, con el buen grado que podamos soportar, las críticas injustas, puesto que también, a menudo, recibimos alabanzas, sin más justificación que la de compartir ideales o simpatías con otras personas.  Pero no por ello deja de ser injusto, incluso una muestra de impotencia intelectual, si me lo permiten, arremeter contra alguien, sin más bagaje que el rencor o la envidia hacia quien es el mejor en su profesión.  Suele suceder que cuando no compartimos la afición por una profesión o deporte, denigramos, gratuitamente, a quienes son sus mejores exponentes, tratando de minusvalorar su cualificación y sus dotes.  Algo bastante inútil, por otra parte, en el caso de Fernando Alonso.  Y a las evidencias me remito.  Alonso es el corredor más conocido del mundo, por encima, incluso, del cuatro veces campeón del mundo, Sebastian Vettel, según un estudio realizado por la empresa de márketing deportivo Repucom.  Un 71.4% de las personas del mundo conocen a Fernando Alonso.  Si extrapolásemos las curiosas tesis de Pueyo, podríamos considerar que Alonso es responsable, no sólo de los accidentes en España, sino en el mundo entero, como Dark Vader.

No le daré más importancia al desliz de mi buen amigo, ya que él escribe gratuitamente, colaborando en un medio de comunicación local, poniendo, en la mayoría de las ocasiones, su corazón y su inteligencia al servicio de la comunidad, en la manera en que él sabe hacer y puede.  Más me preocupa el nivel de los periodistas profesionales, que desde que comenzó la crisis parece que escriban “para tontos”.  El nivel de las reflexiones que hacen “a posteriori” es tan pobre que no sólo carecen de ideas útiles para la resolución de la problemática social, sino que contribuyen a la proliferación de “turbas iracundas” al servicio de la destrucción de las instituciones democráticas, más que de su regeneración.  Ayer mismo, el presidente de la Asociación de la Prensa de Aragón, ínclito Trasobares, se permitía hacer la misma crítica que mi amigo Pueyo, pero en esta ocasión acerca de Pedro Martínez de la Rosa, cuando estuvo trabajando en el diseño de Motorland.  Si algún periodista tiene la misma imagen que él, de que Pedro fue un “flashing de glamour” que se dedicó a llevarse la “pasta” por salir en las fotos, sólo puede atribuirse a su propio desconocimiento técnico de la profesión e industria del motor y a la de Pedro Martínez de la Rosa, pero en ningún caso a la veracidad de la imagen que pretende transmitir.

Dicha imagen de vanalidad es la que nos produce inquietud a quienes sí que entendemos de automovilismo y que nos preguntamos a qué manos van a parar las páginas de los poderosos medios de comunicación, el cuarto poder de una sociedad democrática.  Cuando la frustración e incapacidad propia se pone al servicio de una idea política, a través del “rebuzno de un burro”, utilizando la imagen de profesionales intachables, es que la sociedad está corrompida, no sólo en las instancias políticas, como se pretende, sino desde sus raíces, ya que de otro modo, serían los propios directores de los medios, quienes apartarían a tanto predicador “sin predicamento”.

La industria del automóvil es uno de los puntales de la sociedad del bienestar en Europa.  Es la que más impuestos proporciona –tanto a través de los usuarios como de la propia industria-, la que más trabajo de calidad crea, la que más invierte en I+D+i y la que más reinvierte, no sólo en el primer mundo, sino en países emergentes, trasladando el bienestar, desarrollo y parte de la carga de trabajo a países, que a su vez se convierten en consumidores de sus productos.  Y las marcas europeas -de las que las alemanas, que tanto denigra mi amigo Pueyo, son su principal puntal-, con sus grandes avances tecnológicos, especialmente en materia de seguridad y ahorro de combustible, proporcionan el valor añadido comercial que permite sobrevivir a dicha industria en Europa, ya que de otra manera desaparecería hundida por los costes de fabricación en Asia.  La industria del automóvil, el deporte del automóvil, sus centros de trabajo, circuitos y sus más cualificados trabajadores merecen respeto, en lugar de rebuznos, especialmente por parte de los medios de comunicación más importantes, que deberían mirar, con lupa, en qué manos ponen sus opiniones.

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