Lola Llandrés

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País de sordos.

Sí, yo también soy sorda. Me incluyo, aunque debo reconocer que en la mayoría de sitios de Alcañiz (digo Alcañiz, porque vivo aquí, aunque daría igual, pienso, en cualquier ciudad o pueblo español), no me doy apenas cuenta de mi defecto, ya que debido al elevado volumen con que se suele hablar, pasa más bien casi desapercibido. Agradecería que en los bares, tuviesen los televisores o la música con el sonido más bajo, ya que, y permítanme generalizar, a los usuarios creo que nos interesa más la conversación con los amigos que saber si en el culebrón vespertino la vívora de María Antonia se acostó con José Alfredo, el marido de su mejor amiga. También agradecería que la jovencita de la mesa junto a la nuestra, dejara de presumir del último modelo de móvil, hablándo voz en grito con su colega al otro lado del teléfono, mientras nos expele el humo que cigarro tras cigarro parece que le ayudan a sentirse "mayor". Hay modales buenos, regulares y malos. Yo prefiero los primeros.

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