
¿Qué ganamos los ciudadanos?
Siempre dicen, por aquello de endulzar, que con esta fiesta hemos ganado los ciudadanos. La Economía está paralizada y lo ha estado mientras estábamos a la expectativa de lo que pudiera salir de las urnas, lo va a estar mientras los políticos pierden nuestro tiempo, -que no el suyo-, organizándose el trajín de los intercambios, traslados y agrupaciones varias de sus respectivos sillones –que lo van a tener complicado con la foto que nos ha quedado-, y lo estará mucho más a posteriori, cuando todos empiecen a querer tirar para su interés –nacionalismos incluídos- y comenzar a dar cuenta con alguna migaja de lo prometido a los pardillos ciudadanos que se creyeron los cuentos –valga la redun- por aquello de empezar a hacerse los creíbles.
¿De dónde se va a sacar el parné?. Además, y no se olvide, habrá que seguir pagando ahora las pensiones o retribuciones varias a los ex políticos que se largan –que nunca se acaban largando del todo- y las nuevas nominazas a los nuevos que se incorporan, pues ya se sabe, aquí nadie se queda sin premio, y este rebaño cada vez es más grande.
Si la caja estaba exhausta y los empresarios y autónomos constreñidos a impuestos… (Por cierto, la única solución para la mayoría de los políticos de uno u otro pelaje consiste en subir más las cuotas). De los grandes empresarios y las grandes corporaciones, ya ni hablo, esos lo tienen fácil, con largarse a zonas más cálidas a pasar el invierno, asunto solucionado. Y de los que nos quedamos, ¿quién se va a atrever a invertir sus escasos ahorros con este panorama? ¿Van a querer regresar nuestros jóvenes de por esos mundos, no ya a trabajar, puesto que no se sabe dónde, sino a llevar a cabo sus proyectos, el resultado de sus estudios, sus ilusiones, creando sus propias empresas, tal como está la cosa?
Mientras a algunos no les quepa en la cabeza que la solución a la pobreza no consiste en repartir migajas hasta que éstas se acaben y todos seamos míseros (bueno, todos no, los que reparten, dice el refrán, se quedan con la mejor parte), sino que la única solución posible es facilitar el terreno sin tantas trabas, gravámenes, impuestos y burocracias a los “panaderos” (es un decir), que contribuyan a la creación de hornos para cocinar el pan y así poder comprar todos nuestro bollo. Como decía, mientras a algunos no les quepa en la cabeza esto, el desenlace no va a tener nunca un final feliz.
Mientras tanto, pues, a seguir disfrutando de la fiesta, que dure el resacón y que lo que tenga que venir que venga, no nos queda otra. Pero como decía mi abuela “Ay Señor, Señor, no nos mandes todo lo que seamos capaces de soportar”.
