El domingo pasado fui al “colegio de niños grandes”, a visitar a mi abuela. Llegamos mi madre y yo sobre las 10.40 de la mañana. La misa ya había comenzado.
En la sala de visitas, frente al televisor, se hallaban congregadas una decena de feligresas y algún feligrés.
En otra sala, frente a otra tele, un número mayoritario de, supuestamente, ateos.
La verdad, no sabíamos qué hacer, temiendo que si hablábamos interrumpiésemos el éxtasis de fe de las presentes. Así que, por si acaso, procurábamos conversar bajito, para no molestar.
De repente entró un “ateo”, y sin armar demasiado jaleo se dirigió hacia otra puerta acristalada que daba a un jardín exterior.
Como suele ocurrir en los gallineros cuando entra el lobo… empezaron todas a vociferar para no dejarle salir, y luego para no dejarle entrar y que se muriese de frío…
Como es costumbre en las pandillas cuando somos pequeñas, siempre hay una que es la manda-más; la jefecilla; la que dirige el cotarro. Allí estaba, repeinada con moño; de negro y con bastón; en primera fila… a lo “doña Urraca” de los tebeos.
Mi madre y yo nos mirábamos y entre risas disimuladas, procurábamos no llamar demasiado la atención. Quise montarme la película de que eran mujeres que habían sido “gobernadas” por sus maridos, y ahora “libres”, se tomaban la revancha.
La misa continuó, se dieron la Paz, y a nosotras también… ¡buena señal!
Al finalizar, ordenadamente fueron dejando la sala, saludando al marchar y dejando todo en su sitio. Muy cariñosas, y alegrándose por la visita que tenía mi abuela, le preguntaban “¿Qué tal se encuentra?”, “Muy bien, ¿y usted?” contestaba mi abuela, con educación, a la desconocida (mi abuela tiene Alzheimer).
Después de poner todas la sillas en su lugar, “la jefecilla” pasó por nuestro lado, miró a mi abuela con envidia sana, y luego a nosotras, momento en que pudimos descubrirle esas lágrimas de soledad en sus ojos. De abandono.
A mí se me encogió el corazón, la verdad.
Hubiera querido regalarle un trocito de mi visita y escuchar todas esas historias que almacenan las personas mayores.
Nos quedamos solas las tres, mi madre, mi abuela y yo. Mirándonos. Mirando el infinito que hay en los ojos de mi abuela. Porque ella ya ha perdido esa maleta donde almacenaba historias, y no tiene nada que contar.
