Opiniones

Mabel Alquézar

Soy lectora de libros de autoayuda

De hecho, si me pones delante un periódico, la tele o la radio y un libro de autoayuda no dudaré ni un segundo. Me gusta Dyer  y “Tus zonas erróneas” la literatura del libro y el cuadernillo de ejercicios. Me parece maravilloso “R. Fisher en “El caballero de la armadura oxidada”, Hermann Hesse, Richard Bach en Juan Salvador Gaviota y Antoine de Saint-Exupéry que también escriben de cosas parecidas. Eso sí, a mi modo de ver en el mundo de la literatura de autoayuda, espiritualidad y desarrollo del potencial humano hay mucho  merengue o chatarra mezclado  con pensamientos absolutamente magníficos. El merengue y lo sublime. Ambas cosas conviven en armonía, como en otros ámbitos, por ejemplo la política.

Defiendo los libros de autoayuda, no porque haga falta, es obvio que tienen éxito. Cada uno es libre de echarse a los ojos y a los oídos lo que estime oportuno. Es una defensa tras la poca delicadeza que vengo observando en algunos político-eruditos  que hacen burla de estos libros y supongo que también de quien los lee. Tertulianos que abogan por aglutinar pensamientos de un determinado corte para hacer frente a la demoledora fuerza de un sistema corrupto y deshumanizado, que proponen un diálogo con nosotros mismos pero que al mismo tiempo hacen burla de los libros de autoayuda, la meditación, las terapias diversas, el reiki o el yoga. ¿Cuál es la razón por la que se incluye esto en los nuevos discursos políticos y no a la gente que va al futbol,  a los toros o le gusta mirar las estrellas? También podría pensarse que esta gente no “colabora” con la causa.  A mí el resultado de esta ecuación no me sale coherente y me explico:

La autoayuda empieza y termina en una pregunta: ¿Quién soy yo? Es obvio que no todas las personas se hacen esta pregunta, pero muchas sí. Aquí empieza y termina todo. Solo sabiendo quien soy yo, aunque solo conozca un poquito más de mi,  puedo ponerme a disposición de la vida y a disposición de la colaboración con los otros (colaboración es laborar en común) Cuando aprendo de mi y de mis respuestas a las circunstancias, cuando me doy cuenta de mis excesos y mis omisiones me ajusto y me hago más útil a los demás y como premio soy más auténtica, mas yo y menos robótica. Es entonces cuando me entra lo que yo llamo “un ataque de coherencia” con lo que soy, tal y como soy. Paro, observo, analizo, decido, opino y paso a la acción más libre. Los libros de autoayuda no abogan por quedarnos embobados mirándonos el ombligo, al menos no todos. Hablan de despertar y de hacerlo para algo.

En muchas ocasiones he encontrado en los libros de autoayuda, las palabras justas que concretaban la marabunta de mis pensamientos y eso no tiene precio. Los libros de autoayuda no me han convencido de nada, me han enseñado a parar, observar y pensar, primero a parar y como consecuencia inevitable observar y pensar. Lo han hecho también algunas personas sabias y no siempre eruditas, que he tenido la suerte de conocer en esta aventura de vida. A parar me lo enseña todos los días la práctica del Yoga y la meditación.

Por todo esto, creo en la fuerza imparable de las conciencias despiertas y atentas más que en nuevas banderas, en la fuerza de la vida analítica desde el análisis de nosotros mismos más que en los discursos efectistas construidos a la medida del cabreo y la desesperación de la gente. Cualquiera con algo de habilidad en marketing puede construir un nuevo líder político a la medida solo con observar lo que vomitan todos los días los periódicos y las redes sociales. Es fácil y cómodo mezclarse entre la masa cabreada. Es difícil y costoso empezar por uno mismo y ver qué puedo hacer al respecto.

Ha empezado una rebelión pero sin una consciencia personal despierta, atenta y por tanto inteligente no habrá revolución, falta chicha todavía, pero en eso estamos.

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