
Del miedo al odio
Las recientes agresiones en Londres y en París cometidas por fanáticos islamistas han hecho reaparecer el miedo, y pueden fomentar peligrosamente el odio.
Un miedo justificado por la constatación de que nadie está a salvo de ser víctima de la locura mesiánica; y por el hecho de que los servicios policiales y de inteligencia no pueden evitar que un chalado con un cuchillo se crea el instrumento de su Dios, y decida hacer “justicia” en su nombre.
Un odio tan entendible como injusto. Fruto de la simplificación y de la aplicación de esa lógica torcida, con la que se construyen los prejuicios: “si todos los asesinos que cometen atentados son musulmanes, todos los musulmanes serán asesinos potenciales”.
Una conclusión absolutamente falaz, pero que lleva en sí misma el germen de la profecía autocumplida. De la sospecha al rechazo, del rechazo a la marginación, de la marginación al desprecio. Una lluvia fina que deja un terreno fértil para que los que predican el odio contra Occidente puedan sembrar el deseo de venganza entre muchos musulmanes pacíficos.
Son, pues, esa inmensa mayoría de musulmanes honrados, trabajadores y respetuosos de las leyes, que conviven entre nosotros, los primeros interesados en colaborar con las autoridades para descubrir a la exigua minoría de musulmanes infectados de la locura del odio. Estos iluminados pueden cometer atentados y terminar con la vida de decenas o cientos de occidentales inocentes. Pero de paso terminarían haciendo imposible la vida entre nosotros de millones de musulmanes igualmente inocentes.
