
La marca de la casa
Los seres humanos presumimos de ser animales racionales. Y, sin embargo, nuestras actitudes y nuestra conducta están plagadas de incoherencias, contradicciones, y creencias irracionales. Nuestras percepciones son a menudo erróneas; nuestros recuerdos sesgados, y adoptamos conclusiones a partir de premisas infundadas.
Una de esas distorsiones consiste en lo que podríamos llamar marca de la casa, que consiste en dejar que la autoría de un hecho determina el valor que otorgamos a ese hecho. De esta manera, cuando sabemos quién ha hecho o dicho algo, ya no nos fijamos en qué es lo que ha dicho, sino que damos por supuesto que estará bien o mal, que será verdadero o falso, según la opinión previa que tengamos de sujeto.
Este fenómeno se observa en todos los aspectos de nuestra vida, pero tiene especial relevancia en lo que tiene que ver con las ideologías, y más concretamente con las tendencias políticas. Un simpatizante del PP tenderá a considerar que todo lo que diga Gaspar Llamazares será malintencionado, perverso, erróneo, falaz o estúpido. Y lo mismo ocurre en sentido inverso.
En este ámbito, primero adoptamos un color político personal; después identificamos el color opuesto; a continuación asignamos etiquetas de colores a las personas; y a partir de ahí nos conformamos con aplaudir casi todo lo que dicen los que llevan nuestro color, y recibimos con rechazo o con indiferencia lo que puedan decir aquellos a los que hemos puesto la etiqueta del color que consideramos opuesto.
Un gran error que reduce nuestra capacidad de análisis, dificulta gravemente el diálogo, hace casi imposible el entendimiento, y nos acerca más al papel de fieles adeptos que al de ciudadanos libres. Deberíamos esforzarnos para ser un poco más racionales, y entender que el mundo no está dividido en dos bloques que son los buenos y los malos. Todos los sabios cometen errores; y todos los lerdos dan alguna vez en el clavo, aunque sea por casualidad.
