
Reescribir la historia
Dice un refrán popular que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Y lamentablemente, en algunas ocasiones, además de ser cierto se queda corto. Cientos de fotografías, documentales, exposiciones, actos conmemorativos, monumentos y hasta la longeva memoria de los supervivientes nos recuerdan las barbaries cometidas por la humanidad en cientos, miles de guerras injustas. Cada 5 de mayo conmemoramos la liberación del campo de Mauthausen, cada 6 de agosto enmudece Hiroshima. Levantamos muros que nos avergüenzan para luego derribarlos, con júbilo, y exponer sus pedazos como retazos de historia que no se deben repetir.
Y tras cada guerra, un nuevo propósito de enmienda, los países triunfantes se reúnen y elaboran unos documentos cargados de buenas intenciones, con nombres rimbombantes que les llenan de orgullo por el trabajo bien hecho, como la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” (de recomendada lectura), que no dudan en ignorar cuando los poderes económicos sacan su espada de Damocles.
Y la historia se repite, volvemos a levantar muros, volvemos a clasificar a los seres humanos, le ponemos nombre a su miseria: refugiados de guerra, refugiados económicos, refugiados políticos, refugiados sanitarios, hasta refugiados ambientales, incluso el medio ambiente se ha puesto en su contra y arrasa sus países. Más de quince millones de refugiados en el mundo y nosotros, en lugar de aprender la lección, seguimos levantando muros.
Pero si hay una esperanza, se llama Lesbos, el pueblo griego, el maltrecho pueblo griego, está dando una lección a los dirigentes de la Unión Europea. Mientras los dirigentes no logran ponerse de acuerdo en el reparto de refugiados, la gente, con sus escasos medios, están haciendo lo que ellos debieran.
Quizás, si hablásemos de barriles de petróleo la cosa sería distinta.
Me pregunto qué monumento levantaremos en el Mediterráneo para lavar nuestra conciencia.
