
Igualdad
Cuando todos creemos que la igualdad es un hecho, que convive entre nosotros, como si siempre hubiese estado aquí, leemos la prensa de esta semana (de este siglo) y nos recuerda que la realidad es otra. Alejandra fue asesinada en Zaragoza cuando se dirigía a un Punto de Encuentro, establecido por la administración garante de nuestros derechos, entre ellos el derecho a la vida, para realizar el intercambio de su hijo con su ex-pareja. En Melilla, una joven de 22 años era estrangulada. En Málaga, un hombre de 76 años mataba a su mujer. Negra estadística.
Y como si de una película de Berlanga se tratase, esta semana compartimos estadísticas. Cada mañana, tras el encierro, número de heridos por asta de toro y número de mujeres víctimas de abusos, agresiones sexuales o violaciones. Hemos pasado involuntariamente a formar parte de la famosa fiesta. Ese no es el lugar que queremos ocupar, nos hemos ganado a pulso otro espacio.
En 1908 quince mil mujeres se manifestaron en Nueva York por conseguir mejoras laborales y salariales; durante once semanas estuvieron en huelga las camiseras en 1909 por la misma causa, y en 1911 ciento veintitrés mujeres murieron en el incendio en la fábrica en la que trabajan en pésimas condiciones; las mismas condiciones que hoy vemos reproducidas en fábricas cuyo nombre todas sabemos.
Gracias a las “simpáticas” luchas feministas de principios de siglo XX, aquellas que consiguieron el voto y el sufragio universal, hoy podemos ser titulares de una cuenta bancaria, comprar un piso sin permiso de nuestro padre o marido, o simplemente trabajar. Aquellas mujeres y sus luchas, que consiguieron los derechos que disfrutamos, hoy tendrían que salir de nuevo a la calle, como nosotras, pero esta vez para reivindicar el derecho a ser, a existir, a vivir.
Ganamos derechos, pero son derechos de papel, camuflados en leyes. El derecho a salir a la calle sin pensar qué me pongo para no provocar, el derecho a volver a casa sola, sea la hora que sea, sin mirar hacia atrás. También el derecho a tomarnos una copa sin que piensen “estas buscan plan” o a ir de fiestas al pueblo de al lado sin la intención de ligar, a que entiendan que no formamos parte de la fiesta. Y que “no, es no”.
En una sociedad realmente igualitaria, el 50% de la población no debería protegerse del otro 50%. Tenemos leyes y tenemos gobiernos muy concienciados, pero en sus agendas este tema no es prioritario. Es en la educación, y en la sociedad en general, donde debemos trabajar para ganar esta batalla. #NiUnaMuertaMas.
