Opiniones

Marta Prades

Panamá

Tan contentos como estaban algunos con sus flamantes botas amarillas de la tan archiconocida marca que empieza por Pan….y acaba por Jacks, los favorecedores sombreros que tanto glamour aportan, y los que haciendo gala de su fantástica capacidad de memoria, rememoran el hito que supuso la construcción del Canal que lleva el nombre del país que hoy nos ocupa, pues eso, tan contentos como andaban unos u otros, ahora descubrimos, que además, es un paraíso fiscal.

La crisis que nos persigue desde 2007, además de provocar recortes en servicios básicos, desahucios, tasas de paro insostenibles y una revolución política y social, además de todo eso nos está dando gratuitamente una lección de geografía.

Aquellos que hicimos la EGB recordamos los grandes mapas colgados en las aulas en los que podíamos ver representados los países que en aquel momento conformaban el mapamundi, y conocíamos la fortaleza económica de un país por el dibujito que indicaba su potencial petrolífera, ganadera, agrícola o pesquera e incluso aquellos que ya despuntaban por su desarrollo industrial. Bueno, pues hoy tendríamos que inventar otro dibujito (hoy emoticono) para poder señalar en el mapa los paraísos fiscales.

Nos hemos acostumbrado al término “paraíso fiscal” como si siempre hubiesen existido, lo hemos incorporado a nuestro vocabulario sin ser conscientes del peso que tienen estas dos palabras juntas.

Si tiramos de Wikipedia, un paraíso fiscal es un territorio o Estado que se caracteriza por aplicar un régimen tributario especialmente favorable a los ciudadanos y empresas no residentes, que se domicilien a efectos legales en el mismo. Básicamente estas ventajas consisten en una exención total o una reducción muy significativa en el pago de los principales impuestos, así como el secreto bancario; nada unas nimiedades si no tenemos en cuenta que quienes hacen uso de estos legales, pero poco éticos favores, habitualmente son aquellos que se golpean el pecho defendiendo el concepto que ellos tienen de lo que debe ser un país, o entre sus “principios” está la defensa del bien común, o de aquellos que por sus venas corre sangre azul, paradigma de la defensa de lo patrio. Mientras el resto de los mortales, al acercarse estas fechas en las que la Agencia Tributaria nos recuerda que Hacienda somos todos, y esto es algo más que una campaña publicitaria, quien más o quien menos perdemos algunas horas de sueño hasta que presentamos la correspondiente declaración y el funcionario en cuestión pone el cuño dándola por buena.

¿Quienes son aquí los patriotas? ¿Los que se golpean el pecho, o los que religiosamente pagan sus impuestos, sus facturas con IVA, se rinden a las condiciones abusivas de los bancos, sin que el Estado que les debe proteger los rescate a ellos en lugar de rescatar a sus verdugos?

No es cuestión de patriotismo, es cuestión de conciencia. En Estado, un país, un proyecto no se construye y se mantiene solo, como el colibrí, cada uno “hace su parte”, sin engañar al otro, sin defraudar al otro, en pos de un proyecto común. Pero mientras la diosa Justicia además de tapados los ojos, mire para otro lado y haga oídos sordos, los pobres mortales dependeremos más de nuestra conciencia, que de su Justicia.

 

 

 

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