Opiniones

Pablo Lorente

¿Quiénes son los catalanes?

La escena transcurre durante unas fiestas de pueblo, a las puertas de una peña. Como no puede ser de otra manera, se toman cantidades ingentes de cerveza sin una razón definida. Hay bastante gente para ser un pueblo pequeño, los lugareños sabemos que en tres o cuatro días la mayoría de ellos se irán, no es problema, en el fondo nos molesta que haya tanta gente.

Vaso de plástico en ristre, una chica a la que he visto dos veces y con la que he intercambiado un par de frases se ve en la obligación de entablar conversación conmigo –ni remota idea de por qué hay gente que piensa que para ingerir alcohol hay que hablar. No se le ocurre otra que preguntarme:

“¿Y tú qué piensas de los catalanes?”. Doy sorbitos a mi vaso intentando ganar tiempo mientras que siempre lo pasamos perdiéndolo y pienso en una contestación cortés. En un primer instante pienso que me está tomando el pelo, no sé, como si me hubiera preguntado qué opino sobre la belleza de la palabra serendipia, o por la calidad de las puestas de sol en los fiordos noruegos, cosas, como todo el mundo sabe, de una importancia vital para nuestro bienestar.

Luego, me doy cuenta de que la muchacha –cerca de los treinta, con aspecto de trabajar tocando la flauta con un perro de pedigrí en su regazo y un acento de pija barcelonesa bastante marcado- lo dice en serio. Mi respuesta es la propia de una situación como la descrita, esto es, contesto como si mi mente fuera un encefalograma plano porque… cómo contestar a esa pregunta.

En primer lugar habría que especificar catalanes de dónde, porque me imagino que la idiosincrasia de los gerundenses de pura cepa se distinguirá de alguna forma de los araneses, o que el empresario holandés que regenta un hotel en Rosas (empadronado desde hace 20 años) no pensará y sentirá de igual forma que un viticultor de Sant Sadurní, pero no tengo idea, no lo he podido comprobar de forma empírica.

A lo mejor la muchacha se refería al Gobierno catalán, que tampoco es en sentido estricto la representación de los catalanes, aunque sí parezca representativo porque sale de unos pedazos de papel que la gente echa a una caja cada cuatro años, a saber. En caso de que se refiriera a eso, para contestar coherentemente tendría que haber pensado en las numerosas sentencias de tribunales terrenales y celestiales que obligan a que se devuelvan los bienes eclesiásticos a Aragón –sentencias que el ínclito “Govern” se pasa por el forro, claro-; o las sentencias que dictan que se pueda estudiar en castellano en esas zonas de España –una locura, imaginen-; o la falta de respeto que supone pitar el himno de España (me parecería igual falta de respeto si se pitara el himno de Macondo) en las copas del Rey etc. Todas estas cositas que, quizá, tal vez, a lo mejor, sí que pueden influir en que la gente se forme una opinión, probablemente del todo injusta, sobre la gente de un lugar.

Así que, queridos veraneantes, mejor no vayamos preguntando por ahí qué opinan los asturianos de los aragoneses, o los vascos de los andaluces, o los madrileños de los madrileños porque, en primer lugar, es una absoluta gilipollez; en segundo lugar, a lo mejor nos dicen lo que no queremos oír y total, en nada volveremos a nuestro feudo regional y cateto, ese lugar donde siempre nos dicen lo que queremos oír.

 

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