
Infancia
Mis primeros columpios, toboganes, balancines y algún otro divertimento infantil (que todo sea dicho, si estuvieran ahora no pasarían las inspecciones de seguridad) fueron los de la Glorieta.
Los que vivíamos a las afueras y en "la ciudad" teníamos de referencia ese parque. Los del centro y el arrabal iban al parque de la avenida (por cierto ¿ya le han cambiado el nombre y se lo han dedicado a Catalán?)
Los plátanos enormes, los nogales bordes, la pajarera, el banco de piedra corrido de un extremo a otro, el chiringuito que se ponía a reventar en las noches de verano, las escaleras interminables, el fresco, el ruido de la chiquillería...
Y la fuente... la enorme fuente de la que todos nos sentíamos orgullosos, porque una fuente con tantos caños no la había en ningún lado, el agua fresquísima, que alguna vez sentimos no sólo en las manos o en la boca, porque por lo menos una vez en nuestra vida nos capuzamos en ella todos los zagales que allí íbamos a pasar la tarde. Y aunque nos avisaban que no bebiéramos, que estaba contaminada y verdaderamente el sabor era algo desagradable, después de jugar al escondite, a la gometa o a lo que hiciésemos esas tardes y noches, no podíamos resistirnos y algún traguito le dábamos...
Ahora está estropeada. No sale agua de sus caños de cabezas de león, la piedra arenisca, que estaba desgastada en muchos lados, luce la mar de lisa, pero el cemento que une las piezas se levanta. Por no estar no está ni en su sitio...
Quiero mi fuente, manando agua de todos los caños, del de los enamorados, de la salud, de... cada uno estaba dedicado a una cosa; yo prometo que he bebido de todos y cada uno de ellos. Quiero mi fuente, quiero que el responsable de que se haga funcionar haga todo lo posible, e incluso lo imposible, para que así sea. No me importa de quien fue la culpa, quiero que se arregle. Quiero recuperar parte de mi vida y de mi infancia cuando la vea.
