Opiniones

Ramón Celma

Regeneración: espíritu reformista y respeto a la ley

 

En su aclamada película “Un hombre para la Eternidad”,   el guionista Robert Bolt  reproduce un diálogo entre Tomás Moro y su futuro yerno William Roper, un alocado revolucionario, que no me resisto a transcribir. Roper sugiere a Moro que abuse de su poder para condenar al adversario que le llevaría a la muerte, argumentando que la ley es violentable cuando el adversario carece de legitimidad moral. Y Moro se opone, aludiendo que no se puede vulnerar el derecho a pesar de la catadura moral de su enemigo.

El diálogo se desarrolla más o menos así:

"Roper: ¿Ahora pretendes darle el beneficio del derecho al diablo?

Tomás Moro: ¡Sí! ¿Tú que harías? ¿Cortar un gran camino a través del Derecho para atrapar al diablo?

Roper: ¡Sí, cortaría cada ley de Inglaterra para hacerlo!

Tomás Moro: ¿Ah sí? Y cuándo la última de las leyes cayera, y el diablo se diera la vuelta hacia a ti, ¿dónde te esconderías Roper, si todas las leyes fueron aplanadas? Este país esta plantado densamente de leyes, de costa a costa [...] y si las cortases todas, como eres capaz de hacerlo ¿de verdad crees que podrías mantenerte en pie en los vientos que entonces soplarían? Pues sí, yo le daría al diablo el beneficio del Derecho, ¡Por mi propia seguridad!".

El respeto a la ley es el fundamento del Estado de Derecho; más aún, es la condición de posibilidad de cualquier forma de convivencia social. Y quiero empezar esta reflexión sobre la regeneración sentando este principio, porque la explosión de algunos escándalos de corrupción en la clase política puede hacer surgir la tentación de combatir esta lacra saliéndose del sistema, atacando desde fuera esa bacteria sin más límites que la eficacia en su desarraigo.

Sería la primera vez que el desconocimiento de la ley tuviese consecuencias benévolas. Nunca se ha eliminado la lacra de la corrupción desde posiciones anti-sistema, desde el radicalismo o la falta de respeto a las normas, y sobran ejemplos. Por eso, al deseo de una necesaria regeneración de la vida política no le puede faltar un espíritu reformista que sepa transitar “de la ley a la ley”, como supimos hacer en nuestra Transición Política.  

La madurez de un pueblo se expresa –entre otras cosas- en que no sucumbe a los cantos de sirena de mesianismos más propios de otros tiempos. Es fácil empuñar la bandera de la regeneración y salpicarla por propuestas populistas, rentas básicas universales, servicios sociales gratuitos e indiscriminados y un sinfín de quimeras irrealizables. Bastaría calcular por cuánto habría que multiplicar nuestro PIB para poder pagar semejantes promesas. Si la política es el arte de lo posible, la utopía no puede ser una meta real. Por eso pienso que hay que afrontar con decisión y energía la peste de la corrupción y buscar una regeneración real de nuestro sistema político. Pero sin que la indignación nos lleve a perder el suelo que pisamos. Hay que reformar nuestras instituciones, nuestros procedimientos, nuestros mecanismos de control, como se está haciendo en los últimos años, pero no dinamitarlos, por que el vacío no es buen suelo para nada. Para combatir esta lacra, no se puede ceder a las tentaciones antisistema. Lamentablemente, esos experimentos ya se han realizado, y los resultados están a la vista de todos. Los movimientos populistas fueron tan atractivos y cautivadores en su formulación como nefastos y empobrecedores en sus resultados.

Afortunadamente, algunos tenemos el orgullo de pertenecer a organizaciones donde los culpables están ya pagando sus delitos en prisión. No todos pueden decir lo mismo. No todos han dado la cara, han identificado a los defraudadores, han pedido disculpas y han facilitado que la justicia actúe con determinación.

No es momento de hacer de la corrupción un argumento de confrontación, sino de afrontar el problema con valentía. Aflorarlo cueste lo que cueste y tomar medidas realistas y eficaces que pongan coto a este proceder que debería ser, en el peor de los casos, un triste incidente muy ocasional y rápidamente castigado.

Para eso hace falta decisión, como la que están demostrando los Gobiernos de España y Aragón y contundencia en los que tenemos responsabilidades, y grandeza de miras en los que nos acompañan desde otras posiciones políticas para evitar debates estériles. Los ciudadanos deben vernos unidos, no en la defensa de nuestras posiciones sino en la búsqueda de una reformulación de la actividad política que vuelva a garantizar que nuestro único objetivo es el bien común.

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