Distinguen a lo lejos la paja del ojo ajeno pero son incapaces de ver la viga que atraviesa el suyo propio.
Así se podría resumir la acusación que lanzó Jesús contra la actitud de aquellos doctores de la ley que hasta en sueños agitaban nerviosos su índice, afanosos por señalar el pecado ajeno. Moralismo llevado al límite por algunos fariseos.
Es curioso el devenir de esta palabra que, de designar a aquellos eruditos judíos, maestros de la ley, ha pasado a significar hipócrita, falso.
Lo irónico del caso es que esta denuncia en particular, y la doctrina de Jesús en general, ha pasado a ser base y fundamento de una de las instituciones más grandes e hipócritas de la cultura occidental. Aquellas consciencias sensibles podrían responderme con qué otro apelativo cabría calificar a una organización que dice dedicarse a practicar la caridad, el amor al prójimo y la castidad y, al mismo tiempo, ser la mayor poseedora de bienes inmuebles del mundo, atesorar un patrimonio cultural y artístico de valor incalculable, y poseer activos, repartidos en empresas como General Motors, IBM, Shell, o las más cercanas Telefónica y Endesa, que superan el valor del PIB de toda el África subsahariana.
Algunos dirán que es necesario, que el objetivo del Vaticano no es lucrarse sino que ayudar a los pobres es demasiado costoso. ¡Claro ahora entiendo! Los pobres obispos y cardenales deben vivir a cuerpo de rey, no vaya a ser que de tanto ayudar a los demás mueran agotados por el esfuerzo.
¿Se imaginan que dentro de 2000 años la forma común de nombrar al ávaro o al hipócrita sea llamarlo católico?
