Opiniones

Santiago Hernández. Ilusiones

De pequeño me gustaba mucho sentarme con mi padre cada lunes y ver, en el antiguo Canal +, una serie llamada Seinfeld. A pesar de no entender muchos de sus chistes yo disfrutaba, tal vez influido por las carcajadas de mi padre. Recuerdo particularmente un episodio en el que bromeaba sobre la alegría que sentimos cuando piropean nuestra ropa. Él decía que es algo absurdo sentirse halagado porque, en realidad, es la ropa la bonita, no nosotros.
Hasta ahora nunca me había parado a pensar en el fondo del asunto: ese chiste explica el mecanismo de gran parte de la publicidad.
Cuando intentan vendernos algo nos dicen que si compramos este coche o usamos aquella colonia seremos más atractivos, más exitosos y, en definitiva, seremos más felices.
En mi opinión existe un doble engaño: por un lado creamos la ilusión psicológica de que al poseer un producto cualquiera adquirimos también sus atributos y cualidades y, por el otro, cada objeto que sale al mercado parece que tuviera propiedades milagrosas.
Es innegable que consumir produce cierto placer. A la novedad que produce el nuevo juguete hay que sumarle la sensación de poder  que da el poseer nuevas cosas, extender nuestro dominio sobre el mundo. Sin embargo, en cuanto la curiosidad es saciada y nos acostumbramos a tener un objeto más, sentimos que algo no cuadra. Y es que nuestras cualidades, aquello que nos hace únicos y singulares, no van a cambiar porque compremos el último cacharro del mercado.
Cuando las expectativas que teníamos al comprar no se cumplen aparece un vacío que necesita ser llenado. ¿Cómo lo hacemos? Pues, como casi siempre, recurriendo a una receta ya conocida, generalizada y de contrastada eficacia a corto plazo…¿Nos vamos de compras?
 

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