Opiniones

Santiago Hernández. Nuestro lenguaje

  En una democracia como la nuestra, la clase dirigente representa al conjunto de la sociedad. Son elegidos, objetivamente hablando (generalmente votamos con el corazón), por su excelencia y su capacidad para gobernar. En este sentido personifican el poder popular. Pero su representatividad no se agota ahí; al pertenecer y dirigir la sociedad, encarnan, en cierta manera, el modo de ser de esta.
Cuando un extranjero asoma las narices en nuestra política nacional, no puede evitar su asombro ante el uso que se da a la lengua: acusación tras acusación, descalificaciones continuas, ganas de polemizar…
En los medios de comunicación esta característica se eleva exponencialmente. De todos es conocido el modo de funcionar de las tertulias (primero del corazón, luego las deportivas y ahora, también, las políticas). Aquí tiene razón el que más grita, aquel capaz  de proferir, y hacerse oír, el mayor número de descalificaciones gratuitas. El resultado es una cacofonía repleta de bajezas y chabacanería.
Pero no solo en las tertulias reina este cinismo, este atacar para desviar la atención sobre mí hacia el blanco de mi crítica. Por citar dos ejemplos, en el ámbito periodístico sobresale la figura de Jiménez Losantos, en el deportivo, la de Mouriño.
Yo me pregunto si en verdad la sociedad española es la sociedad del insulto, del y tú más. Si fuera así, el comportamiento general (siempre hay honrosas excepciones) de cadenas, políticos y figuras públicas sería una consecuencia lógica. Por el contrario, puede ser que la popularidad de estas formas se deba, en política, al efecto conseguido, en televisión, al rating. Si resulta lo primero, es grave. Si es lo segundo, diría que aún es peor: peor porque nos dejamos engañar, nos vendemos al lenguaje de patio de recreo, al modo pendenciero y busca broncas.

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