Todo el mundo se arrepiente alguna vez de algo. Yo cada semana tengo algún motivo predilecto; el de esta es haber abandonado economía en el primer año de la uni. ¡Cuántas cosas que ahora me parecen tomaduras de pelo podría entender!
A inicios de la crisis los estados se dedicaron a rescatar bancos y empresas privados con dinero público, alegando que son el sostén de la economía financiera y aludiendo al posible efecto dominó que podría provocarse. Bueno, aunque a nadie le gusta pagar por los platos rotos de otro, si es para salvaguardar nuestro futuro se puede tragar (con mucho agua).
Se hicieron reformas en el marco laboral. Medidas necesarias y urgentes para la creación de nuevos empleos, como abaratar los despidos. ¿Será que para contratar a gente primero tiene que haber mano de obra disponible, es decir, despedidos?
Al tiempo que se tomaban estas medidas se firmaba el famoso Pacto del Euro, siendo una de sus principales consecuencias la reducción del gasto público. Con la capacidad de consumo del ciudadano medio por los suelos y la mayoría de las PYMES (que a fin de cuentas son el motor de la economía real) a punto de la quiebra, resulta que el único agente capaz de promover el consumo ve restringida su capacidad de actuación por la fórmula mágica anti-crisis europea.
Ahora la receta de actualidad es vender deuda pública. El Estado español ha gastado demasiado dinero ayudando a los que más sufren esta crisis y ahora debe pedir dinero prestado… ¡para prestarlo a Grecia!
A pesar de la incredulidad inicial que estas acciones me provocan, estoy seguro de que si hubiera acabado económicas ahora comprendería el verdadero calado de estas medidas y, más que criticar, estaría agradecido por la sabiduría de nuestros gobernantes y por su preocupación en nuestra calidad de vida. ¡Si es que seguro que en Islandia son todos de letras!
