
Según la tradición, el Apóstol Santiago estuvo predicando en España, tal como asevera el propio San Isidoro. En el año 42 fue decapitado en Jerusalén y, también según la tradición, sus discípulos Atanasio y Teodoro huyeron con su cuerpo para evitar que fuese profanado o comido por las alimañas. Al parecer, llegaron en un barco hasta Padrón, en la costa gallega, trasladándose más tarde al monte Libredon (hoy Santiago de Compostela) donde dieron cristiana sepultura al Santo.
En el año 813, se produjo la “inventio” o el descubrimiento de la tumba de Santiago. Algunos fijan esta fecha en el 817 o, incluso, en el 820. El caso es que un ermitaño llamado Pelayo, vio una luz que iluminaba lo que luego se descubrió como “arca marmórea”. Informado Teodomiro, obispo de Iría Flavia, dio por cierto que dicha arca contenía los restos del Apóstol y de sus dos discípulos.
Teodomiro viajo hasta Oviedo, dando cuenta al rey Alfonso II el Casto, quien se puso en marcha desde la capital asturiana hasta Santiago, siguiendo la ruta más lógica para aquellos tiempos, y, mando construir en el lugar una pequeña capilla de adobe, en cuyo sótano quedaba la tumba del Apóstol. Más adelante, a finales del siglo IX, Alfonso III y el obispo Sisnado sustituyen esa capilla por una iglesia de tres naves En el 997 Almanzor arraso Santiago, se llevo las campanas a hombros de sus esclavos cristianos, pero respeto el sepulcro del Apóstol y al anciano que lo custodiaba.
Pasada esta terrible “razzia” de Almanzor, el obispo Diego Peláez y Alfonso VI, rey de Galicia, León y Castilla, inician la reconstrucción de la actual Catedral, y, el impulso definitivo de esta obra lo da el obispo Gedelmirez y el maestro Mateo en 1188, tras veinte años de trabajos.
