Opiniones

Teresa Ros. La edad y la jubilación

Esta semana caía en mis manos el suplemento de un periódico en el que aparecían referencias a un buen número de personas que, a pesar de haber cumplido los 70 años, seguían trabajando con la misma ilusión y el mismo empeño que cuando eran algo más jóvenes. Entremezcladas con personajes de la talla de Montserrat Caballé, Lluis Llongueras, Carlos Saura, o Emilio Botín, había otras personas de nombre desconocido que seguían con sus investigaciones, escribiendo, ejerciendo la medicina o cultivando la huerta. Todos ellos coincidían en que el trabajo es vida, y querían seguir haciendo lo que les gusta mientras la salud se lo permita, independientemente de su edad. Yo no sé lo que pensaré cuando llegue a esa edad, pero lo que sí que tengo claro ahora es que ni me planteo pensar en una posible jubilación cuando me toque, dentro de cada vez menos años. Coincido con las personas que aparecen en el reportaje en que quien lo desee debe poder seguir trabajando mientras quiera y pueda, de la misma manera que quien no quiera debe poder jubilarse con todos los derechos y garantías que se ha ganado en sus años de trabajo a la edad estipulada. Mientras reflexionaba sobre esto y la suerte que tenemos los que trabajamos en algo que nos gusta, y por lo tanto casi no se puede considerar trabajo lo que hacemos, veo en el Heraldo del domingo 6 de marzo otro reportaje sobre la longevidad en el que se asegura que casi 12.700 aragoneses superan los 90 años, y que el 72% son mujeres, con testimonios de personas que superan los cien años. La hija de una de estas mujeres centenarias asegura que su madre ha llevado “una vida tranquila, sin hacer mala sangre” y que ése ha sido su secreto. Me acuerdo entonces de mi abuela Manuela, que falleció cuando le faltaban unos pocos meses para cumplir los 102 años, y de su buen carácter. Nunca la vi enfadada, y siempre ayudó a todo el mundo en lo que pudo. Seguramente la señora del periódico tiene razón y el buen carácter, el ayudar a los demás y el no hacer mala sangre, unido a seguir trabajando en lo que a uno le gusta, es uno de los secretos de la longevidad.

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