
En estas pasadas vacaciones navideñas he tenido oportunidad de ver la tele algo más de lo habitual y me he dado cuenta de que cada día es más difícil encontrar algo que me haga permanecer frente a la pantalla el tiempo suficiente para seguir una película, una serie o algún otro tipo de programas (yo, que era de las que lo veía todo, ya fuera porque me interesaba el tema, el formato, etc.). No acabo de entender por qué hay tantas series con la violencia como eje central (si se paran a pensar seguro que vienen varias a su memoria en diferentes cadenas). Y si a la violencia física le sumamos la violencia verbal o la psicológica, más la realidad que nos cuentan los informativos, apaga y vámonos.
Hace años que dejé de ver las películas que protagonizan ciertos actores que inevitablemente están relacionados con escenas violentas (no entro a valorar la calidad de las mismas). En cuanto hacía zapping y veía a uno de estos actores ya sabía de qué iba la película y cambiaba de canal inmediatamente. No sé si alguno de ustedes coincidirá conmigo, pero lo que sí pienso es que esto no puede ser bueno para los niños y los jóvenes que ven a diario en la tele escenas violentas (reales o ficticias) en cantidades industriales. Escenas violentas que a veces esos mismos jóvenes reproducen en la vida real con trágicos resultados para sus víctimas y para sus familias.
Quizá todos deberíamos reflexionar sobre este asunto y cada uno, en la medida de lo posible y en el ámbito que le competa, actuar en consecuencia, especialmente los programadores de las televisiones y las empresas e instituciones que con su publicidad sostienen esas emisoras.
