De vez en cuando, suelo contar cuentos, anécdotas o fábulas, no lo se, puesto que la realidad y la ficción son dos paradojas que muchas veces se cruzan, así que os voy a contar un cuento, el cuento del Colgante.
Una vez tallé un colgante de madera y lo llevé por ferias medievales y exposiciones de arte junto con otros para ver quien lo compraba. No era un colgante cualquiera, no, a este
le tenía cierto favoritismo, puesto que salió de una pieza especialmente quebradiza de la cual, solo parecía que saldría, un poco de calor en el fuego de mi estufa.
Llevándolo estuve de un lado para otro y me retenía a la hora de venderlo, pues creía saber que estaba destinado a llegar a manos de alguien especial, a quien adornaría con su belleza paralela a la persona a la que estaba destinado.
Pasó el tiempo y ya no recalaba en el colgante, cuando un día, a mi casa, llegó un amigo mío y se encapricho del colgante. Yo a esas alturas no tenía intención de venderlo, pero el se dispuso a comprarlo y empezó a ofertar tentadoras cantidades de dinero por él. Tanto insistió, que ya estaba apunto de rendirme, pero un sexto sentido me chillaba en mi interior, y yo que desciendo de una familia donde tuvimos sabios y adivinos, a esas cosas les doy importancia.
Le pregunté a mi amigo, qué quería hacer con el colgante y me dijo que quería regalárselo a su chica y que nunca había visto un ajo tan bonito. Allí supe que no se llevaría la lunita que yo tallé con tantísimo esfuerzo y que todo el mundo alababa.
Aunque no todos vemos lo mismo mirando la misma cosa o circunstancia, cada pieza tiene que encajar en su sitio, a ser posible.
Al final, mi hija se enamoró de la lunita y hace años que la lleva, son tal para cual.
