Reportajes

Vivir en una cueva del Bajo Aragón

“El cuerpo humano debería estar preparado para no sentirse dolorido al dormir en duro”. “¿Quién se inventó la almohada?”. “¿Qué es lo imprescindible?”. “La ligereza”.

Una mujer con el pelo erizado, dos humanos encima de un animal de cuatro patas, ciervos, jabalís, una serpiente, espirales. ¿Quiénes pintaron eso a lo largo de tantos años? Son de diferentes estilos e, incluso, dicen que se solapan pinturas de diferentes épocas.

¿Tendrá el mismo valor una “pichina” y dos “huevos”, de los que se pintan ahora, dentro de miles de años?

El río quedó allí abajo. Acceder a la gran cueva no fue sencillo. El grupo, de cinco personas, montó dentro las tiendas de campaña, sacó la cena cocinada esa tarde en el confort del hogar y preparó las cámaras de fotos que, hoy en día, reflejan nuestras andanzas mejor que los pinceles untados en minerales.

Se trata de una de las cavernas que hay en las márgenes del río Martín, en el término de Albalate del Arzobispo, entre todas esas figuras pintadas hace miles de años.

Se dice que ese lugar era una buena zona de caza por aquel entonces usando más la maña que la fuerza: acorralarían a los animales hasta conseguir despeñarlos por los cañones.

Olía a cabra. El grupo asignó un lugar de la amplia cueva para orinar, a diferencia de lo que hacían las cabras, que esparcían sus cagarrutas por cualquier lado.

No entró ninguna cabra. Sí se asomaron aviones roqueros y murciélagos y por la mañana los buitres y las chovas planearon junto al ojeroso desayuno. Para fotografiar la vía láctea en primavera hay que levantarse a mitad de noche.

El grupo se despidió al medio día de la cueva y sus grabados de vírgenes y cuchillos, quizás de antiguos pastores que soportaban el frío encendiendo fogatas: el techo estaba negro.

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