Reportajes

La aventura de entrar en Jordania II

Como se entra a pie, sólo puedes llegar a la población más cercana, que es Áqaba en taxi o autobús. Como salí antes fui a la parada del taxi para negociar el precio y preguntar si era posible ir los cinco en un taxi. Me dicen que el precio es de 50 dinares, pero que no podíamos ir cinco porque si nos cogía la policía nos multaría e íbamos a tener muchos problemas.

Entonces decido esperar a otra gente para compartir el taxi. Al poco se acerca un taxista y me dice que nos puede llevar a los cinco, pero pagando 60 dinares, por 10 dinares desaparecían los problemas con la policía. Cuando llegan los cuatro, me dicen que no nos llevan a los cinco, que cojamos dos taxis. Dejo que ellos vayan en un taxi y me quedo a esperar otro grupo, a los cuatro les dicen que los llevan por 55 dinares. Se van.

Me quedo esperando a ver si viene más gente que vaya a Petra para compartir taxi. Se acerca un taxista y se ofrece a llevarme por 35 dinares. Los otros taxistas se enteran y montan una bronca. Hacen todos piña y me dicen que sólo por 55 dinares.

En la explanada hay un autobús y pregunto que a dónde va. Me dicen que a Áqaba y pienso que es una opción y de Áqaba me voy en otro autobús hasta Petra. Voy a subir y me dicen que no subo, que no me dejan subir. Pregunto que por qué y un tipo gritando me dice porque el autobús es suyo y monta el que el quiere y yo
no voy a subir. Hago intención de subir y me lo impiden.

Se habían puesto de acuerdo con los taxistas para que cogiera un taxi. Vuelvo a la zona de taxis, puesto que es mi única salida. Al poco llegan dos chicos
que iban a ePetra, les pregunto si podemos ir juntos, me dicen que sí, vamos los tres a un taxi y entonces los taxistas me dicen que yo no puedo montar, que el taxi sólo es para los otros dos. Si quiero ir a Petra debo coger un taxi yo sólo.

Viendo que me quedaba atrapado les ofrezco más dinero por el taxi compartido y me dicen que no. Un taxi
para mí solo.

Se van los dos chicos y me quedo a merced de los taxistas. Les miro, miro en dirección a Áqaba que está a unos diez kilómetros y me digo que me voy caminando. Con paso ligero voy abandonando taxis y autobuses, no llevaba ni cien metros cuando comienzo a escuchar voces y gritos de los que dejaba atrás.

Ya no me giré y seguí andando, pensando que aunque era una solución menos mala, era la solución y sobre todo para mi orgullo.

Cuando llevaba unos tres kilómetros caminando se acerca hasta mí un Jeep del ejército. Me dicen que no podía ir andando por esa zona con unas explicaciones de unas cámaras y no sé qué más que no logré entender.

Los taxistas habían llamado a los soldados para que tuviera que pasar por el aro. Les dije a los soldados que iba a Áqaba. Me dijeron que no podía caminar en esa zona, que tenía que volver.

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