Alcañiz. Las espectadoras encogen el pie
Escasas palabras. El cuerpo lo decía todo y también la ventaja de que todo el mundo conoce la historia de “La Cenicienta”.
El famoso cuento del zapatito de cristal se representó con libertad de guión y soltura en el espectáculo de danza que llenó el teatro de Alcañiz la tarde noche del pasado sábado.
El vestido negro y corto que lucía la Cenicienta y sus maneras frágiles e infantiles cautivaron al príncipe, que intentó, durante casi todo el baile, deshacerse de las pegajosas madrastra y hermanastras.
Dan las doce y la Cenicienta huye del escenario y se esfuma entre el público.
Un técnico ofrece una linterna al príncipe, que sujeta el zapato de su fugaz amada. Pero nada, el palco está demasiado lleno. Ni rastro de la Cenicienta. Unas niñas sentadas en primera fila tienen el honor de que el príncipe les pruebe la zapatilla de ballet. No les ajusta.
En un caballo de tiovivo el bailarín recorre países probando la zapatilla a varias damiselas.
La madrastra y sus hijas tampoco calzan el número mágico pero, al fin, un pie, que asoma por una sábana vieja que cubre un sillón, devuelve al príncipe la alegría.
No comieron perdices, pero se ganaron más aplausos, y más fuertes que la madrasta, sus hijas y que, incluso, el hada madrina.
Tampoco se puede decir que vivieron felices, al menos, no juntos: la Cenicienta se largó ella sola en un carromato tirado por un técnico de luces montado en bici.
