Donde dije digo...

La semana inmediata a las elecciones fue frenética en cuanto a noticias y mudanzas de actitud. Lo que se escribía un día ya no servía al siguiente. Quien no dimitía por la noche lo hacía la mañana después. Quien, durante meses, se negaba a aceptar la entrada de los comunistas en su futuro gobierno y no se cansaba de repetir que tal circunstancia le quitaría el sueño a él y al 95 % de los españoles y solo aceptaba su apoyo sin contrapartidas, a las 36 horas de conocerse los resultados electorales, cambia de parecer y pacta con ellos accediendo a sus exigencias de tener una importante presencia en el ejecutivo. ¿Para esto hemos vuelto a las urnas? O ya estaba acordado de antemano y los continuos rechazos estivales fueron un paripé para convocar nuevos comicios convencidos de que aumentarían sus escaños y, juntos, alcanzarían la mayoría absoluta; o se han asustado -tras perder entre los dos cerca de millón y medio de votos- del auge del tercer partido situado en las antípodas ideológicas; o se trata de otro ardid a fin de obtener el respaldo incondicional de la segunda fuerza parlamentaria y gobernar así en solitario que era su propósito desde el principio. ¿Cuántas veces ha virado su opinión sin importarle otra cosa que mantenerse en el poder al precio que sea? Y ¿qué patética imagen estamos ofreciendo al exterior?

Los políticos piensan que carecemos de juicio crítico y que pueden engañarnos fácilmente y sin consecuencias. Aunque siempre hay gente a la que no le importa que le engañen e, incluso, que disfruta dejándose engañar; nunca faltan masoquistas. Todos los partidos se comportan como sectas a sabiendas de que una gran parte de sus acólitos acata ciegamente las directrices del líder sin importarles los casos de corrupción o que sus decisiones y ocurrencias varíen de dirección como las veletas. Todo se ha de ver según el color del cristal del jefe que, una vez elegido o puesto a dedo, ejerce un control absoluto sobre la formación. Y nadie se atreve a discrepar, al menos, en público. Ya se sabe que quien se mueve no sale en la foto. Del jerarca supremo depende la confección de las listas electorales y al militante díscolo se le aparta y se le castiga sin cargo. En Alcañiz, en las elecciones de abril, vimos un ejemplo de ello. Lo expresaba Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”.


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