El pasado sábado 15 de junio, se constituyeron los nuevos Ayuntamientos surgidos de las elecciones del 26 de mayo. El espectáculo ofrecido por nuestros políticos ha sido -y sigue siendo- no lamentable y bochornoso, sino lo siguiente.
El bien común de la sociedad les importa bien poco. Debería caérseles la cara de vergüenza de cómo juegan con nuestros votos y de cómo se pelean y son capaces de venderse por un sillón. Ningún partido se salva de la quema.
Unos exigiendo concejalías, otros mendigando ministerios, unos escupiendo a la mano que les facilita el poder y otros pactando con quien sea, incluso con el mismo demonio si fuera preciso, por conseguirlo. París bien vale una misa o, si se tercia, un aquelarre. Qué forma de chalanear. El sistema político en el que vivimos no es una democracia sino una partitocracia, un gobierno de los partidos. Nosotros depositamos una papeleta en una urna cada cierto tiempo y los políticos hacen y deshacen según les conviene sin tenernos en cuenta a los ciudadanos. Resulta indignante que hasta el mismo momento del recuento de los votos, en muchos casos, no se supiera con seguridad quién iba a ocupar la alcaldía. Y no fueron pocas las sorpresas de última hora. Y encima tienen la desfachatez de afirmar que los intereses partidistas son ajenos a dichos comportamientos y que se ha respetado al máximo la voluntad popular. Esto demuestra cuán
escasamente fiable es nuestra casta política.
Por otra parte, los medios de comunicación nos transmiten la idea de que las instituciones son propiedad de los partidos y de los políticos. Algunos titulares hablan de que estos “han recuperado” o “han reconquistado” tal ayuntamiento o tal institución como si fueran de ellos y les pertenecieran por derecho. Generalmente, olvidan que si entran en política debe ser para servirnos no para servirse de nosotros. No se debe generalizar pero, visto lo visto, el lema de la mayoría de nuestra clase política es “todo por el cargo”, o mejor dicho, “todo por la pasta”, que es, al parecer, lo único que les mueve y motiva, sin mostrar respeto alguno por lo que ha decidido el pueblo.
Habrá que darle la razón al escritor y filósofo francés Edmon Thiaudière cuando dijo que “la política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular”.
