No sé si se deberá al cambio climático, al que, últimamente, se acusa de todos los desastres que nos sobrevienen, pero lo cierto es que la especie humana ha perdido el oremus.
Estamos forjando una sociedad deshumanizada y pusilánime, donde cualquier adversidad frustra y deprime y se considera ofensa e intransigencia y donde se ampara más al delincuente que a la víctima. En Gran Bretaña, seis décadas después de su estreno, la película Mary Poppins ya no es apta para todos los públicos sino para mayores de 7 años. ¿El motivo? En dos escenas del filme, se utiliza el vocablo “hotentotes” de forma discriminatoria, lo que, por lo visto, puede conmocionar a los niños más pequeños o más sensibles.
¿Sabrán las criaturas quiénes son los hotentotes?
Otra excentricidad en boga es la inclusión. Se ha impuesto la moda del blackwashing (lavado de imagen negra, literalmente), llamado también casting a ciegas. Consiste en reemplazar a un personaje tradicionalmente blanco por un actor negro en un intento de impulsar la igualdad y el antirracismo. Esta práctica, sobre todo en las producciones anglosajonas, da lugar a absurdos como reinas, nobles y eclesiásticos de color en la Europa medieval y moderna. Pretenden, tal vez, limpiar su pasado xenófobo, supremacista étnico y segregacionista pero distorsionan la realidad histórica y cultural. Igualmente, se vetan determinadas palabras por estimarlas denigratorias y se reemplazan por eufemismos y que así nadie se sienta injuriado. Por el mismo motivo, en Irlanda, han sustituido el lenguaje sexista de la Biblia por otro más inclusivo.
En España, una persona trans, con toda la barba, denunció a la premio Planeta, Lucía Etxebarría, por dirigirse a ella en términos masculinos lo que juzgó una “vulneración de su derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen, a la dignidad y a la igualdad de trato y no discriminación”.
Finalmente, la Justicia desestimó la demanda basándose en la libertad de expresión de la escritora.
Con 37 géneros y 10 orientaciones sexuales, equivocarse resulta fácil. Sin embargo, ello no significa una falta de respeto ni un discurso de odio o de intolerancia por rechazar los dogmas oficiales. La religión woke, al negar el sexo biológico, está creando situaciones esperpénticas que moverían a muchos a risa de no ser porque patentizan la demolición de nuestro mundo tal como lo conocíamos y que vamos de cabeza al precipicio. Que aprovechen ahora que pueden pues cuando, de aquí a no tardar, el modo de vida occidental y sus valores sean minoritarios, no creo que los nuevos europeos admitan este tipo de comportamientos. En sus países de origen los prohíben y persiguen.
