Los que ya pintamos canas y/o tenemos rala la capa capilar recordamos las tiendas de ultramarinos, nombre dado a “los géneros o comestibles traídos de la otra parte del mar, y más particularmente de América y Asia, y en general a los comestibles que se pueden conservar sin que se alteren fácilmente”, según definición de la RAE. Los supermercados que han ido sustituyendo a las tiendas de barrio siguen vendiendo productos de ultramar aunque ya no se llamen así. Se puede comprobar fácilmente pues, hoy día, es obligatorio indicar en la etiqueta el origen de los alimentos que adquirimos si bien a veces se nos cuelan subrepticiamente los componentes.
Llega la Navidad y nos enteramos de que la mayoría de los turrones están elaborados con almendras de Norteamérica y miel de China, productos ambos de peor calidad que los nuestros.
Importamos naranjas de Sudáfrica y de Egipto mientras en los campos valencianos, muchas veces, se dejan sin recoger pues los agricultores pierden dinero. Además, estas frutas foráneas no reúnen los requisitos fitosanitarios que se exigen a los agricultores españoles. Es comprensible que los alimentos procedentes de países menos desarrollados cuesten menos que los nacionales pero que los frutos secos y legumbres, por ejemplo, de EEUU, una economía con un nivel de vida mucho más elevado que el nuestro, sean más baratos que los cultivados aquí por muy tecnificadas que estén las explotaciones… Tampoco es explicable la política de España y de la Unión Europea que está dañando gravemente la agricultura y la ganadería del continente y que nos hace depender de terceros países. No solo nos empobrece sino que, en caso de conflicto, como el de la guerra en Ucrania, padeceríamos, innecesariamente, escasez y encarecimiento de los alimentos.
Si la actividad agraria deja de ser rentable se abandonará con lo que la población emigrará agravándose el problema de la España vaciada. Pero esto no preocupa al Gobierno –o quizás es lo que busca- en su imparable imposición de la Agenda 2030. La penúltima exigencia es que se deje sin cultivar casi la mitad del terreno de las fincas de frutales para cuidar la “cubierta vegetal espontánea o sembrada". Esta medida se añade a otras como la realización de un registro para cada animal de rebaño detallando sus paseos diarios por el campo, la limitación en la extensión de los pastos, una significativa reducción del uso de fertilizantes tradicionales asequibles, etc. Con la advertencia de que, para acceder a las ayudas económicas, será preciso cumplirlas al pie de la letra.
Y el Consejo y el Parlamento Europeos acaban de acordar que debemos reducir aún más el consumo de carne de vaca, café, soja y cacao para evitar que el planeta se quede sin árboles.
Comer se va a convertir en un lujo, los ultramarinos inclusive. Y el pobre Juan Valdés, en el paro.
