Deprisa, deprisa

Somos presa de la prisa, huéspedes de un tiempo acelerado. Necesitamos vivir tan deprisa que solo nos queda tiempo para vegetar perdiendo la ocasión de disfrutar de las pequeñas cosas que, al fin y al cabo, son las que proporcionan la felicidad. Lo queremos todo al instante. Pedir y, sin ninguna demora, recibirlo. Así, estamos educando. Lo que no debería ser.

Las cosas que valen cuestan. O costaban. Hoy día, se obtienen gratis.

Las cuatro estaciones climatológicas de toda la vida han desaparecido. Pasamos directamente del invierno al verano y viceversa. Algo parecido sucede con tradiciones que, antaño, tenían su propia época del año. Gracias a la velocidad de las transportes, podemos consumir las frutas y verduras, antes de temporada, en cualquier momento. Igual que las tortas de Pascua que ya se despachan durante todo el año. Hasta no hace mucho, la lotería de Navidad, se ponía a la venta unos tres meses antes del sorteo. Ahora, se encuentra disponible el primero de julio. Aunque el motivo es aumentar las ventas e incrementar los ingresos de la siempre insaciable y codiciosa Hacienda. Vigo y Orense preparan, en pleno estío, las luces navideñas. Unos grandes almacenes, desde mediados de agosto, nos recordaban “la vuelta al cole”, amargando los últimos días de vacaciones. Este año, han adelantado un mes la reserva de los libros de texto.

Libros de texto que, según parece, resultan innecesarios por lo que dejarán de editarse. El ministro de Universidades se ha mostrado contrario a la memorización dado que toda la información se encuentra en internet. Y si, además, se puede pasar de curso con ocho asignaturas suspendidas y sin asistir a clase, para qué comprar los manuales. El dinero que se ahorrarán las familias así como el Estado que podrá suprimir las becas para libros. La naturaleza también lo agradecerá. La de árboles que salvarán sus vidas. Los ecologistas estarán contentos; la desaparición de los libros de papel contribuirá a frenar el cambio climático. Según algunos expertos, la repetición de curso traumatiza y produce efectos negativos en la autoestima de los alumnos. No se menoscabó mucho la del ministro de Cultura y Deporte. Tras matricularse cinco veces en el primer curso de Económicas, hubo de abandonar la Universidad por no aprobarlo. Otro ejemplo de que no es preciso estudiar para triunfar en la vida, al menos en la vida política.


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