Ya estaban tardando pero al final lo han escupido: “Comer animales es fascista”. Así se pronuncian sectores extremistas y violentos del veganismo y animalismo que nos quieren imponer por la fuerza su régimen alimentario privado de cualquier bicho viviente y de sus productos.
Como alguna vez he señalado, el insulto es el argumento de quienes carecen de argumentos. Y la palabra ‘fascista’ ya sirve lo mismo para un roto que para un descosido. De cumplirse las intenciones de los que consideran las granjas campos de concentración para animales y las asaltan para liberarlos, de los que piensan que los gallos violan a las gallinas, de los que creen que los cerdos son animales impuros y tienen prohibido comerlos y de otros de la misma o parecida índole, el porvenir de los esquilmados pueblos de Teruel y del resto de la España vaciada se adivina bastante negro, perdón, oscuro, pues habrían de renunciar a las explotaciones ganaderas uno de los escasos medios de vida que les quedan.
Una pregunta me turba desde tiempo: ¿Los vegetales sufren? Aristóteles afirmaba la existencia de alma en las plantas. Si poseen alma mostrarán igualmente emociones. Es algo para
meditar. Que no escuchemos sus quejidos ni percibamos su congoja no significa que sean insensibles. ¿Se atribula el melocotón cuando le arrancan del árbol? ¿Padece la uva al ser estrujada para elaborar vino o se duelen las olivas al ser molidas y transformadas en aceite? ¿Se tortura a la madre tierra cuando extraen de sus entrañas las trufas y las cebollas?
Posiblemente, don Quijote desafiaba al heteropatriarcado al lanzarse contra los molinos que, en su enajenación, confundía con gigantes ¿Harán también manifestaciones delante de esas máquinas de tormento como protestan frente a los ‘templos del jamón’ donde venden bocatas de dicha vianda? Con este tipo de dieta, diríamos adiós a la gota y al colesterol. Hay que fijarse en los aspectos positivos.
De pequeños, estudiábamos en el catecismo que uno de los mandamientos de la Iglesia era abstenerse de comer carne determinados días del año. Con el credo vegano, la abstención
regiría los 365 días (366 en bisiesto). Incumplir el mandamiento era pecado pero, únicamente, afectaba al ámbito privado de la persona. Esperemos que en el futuro no lo conviertan en delito.
