Es incuestionable que cada día sufrimos más intoxicación disfrazada de noticias, pero con falsos titulares, medias mentiras o directamente mentiras bien cocinadas, pero falsas a la postre.
Es este contexto el valor de pensar, reflexionar y llegar a nuestras propias conclusiones, adquiere un doble valor: bien porque es cada día más complejo discernir las mentiras y bulos de la realidad que nos deberían narrar y por ende resulta arduo, complejo y agotador, en algunos casos, poder forjarse cada uno una opinión basada en los hechos y no en las opiniones que nos quieren imponer.
De esta manera, puede acabar siendo un ejercicio incómodo cuestionarnos las grandes verdades que nos venden, incluso las que pueden ser afines a nosotros, porque el hecho de analizar la información que recibimos nos obliga a dudar y ser críticos. Además de tener que soportar el gran torrente de memes que circulan diariamente por nuestro móvil o salpican las redes sociales. Haciendo que la presión de alrededor nos pueda obligar a claudicar y dejarnos arrastrar por una u otra mentira, bien cocinada y diseñar que nos vociferan, con entusiasmo en la barra de bar o nos llega por Whatsapp.
Pero aunque nos parezca nueva esta situación, ¿realmente es nueva o ahora somos conocedores de que la mentira coquetea (y siempre lo ha hecho) en muchas ocasiones con las noticias? Y en consecuencia, ¿tenemos esa voluntad crítica de no dejarnos arrastrar por las noticias cocinadas, o nos dejamos llevar por ellas y la presión social que genera en muchas ocasiones, renunciando al valor de pensar?
