Opiniones

Mortadelo y Filemón

Cuando salió a la luz la relación entre Isabel Preysler y el todopoderoso ministro socialista de Economía, Miguel Boyer, este se lamentó de que España era un país de porteras. Y le sobraba razón. De ahí el enorme éxito de los programas de cotilleo. Además de criticar a los vecinos que muchas veces no conocemos, la gente disfruta viendo como despellejan a los famosos que se asoman a las revistas y a los medios de comunicación y que, con frecuencia, nos son más familiares que las personas que viven al lado nuestro.

Ha causado un gran escándalo el espionaje a dirigentes separatistas catalanes. Este tipo prácticas no es nuevo. Narcís Serra, vicepresidente de Felipe González, tuvo que dimitir de su cargo en 1995 por las escuchas de los servicios secretos españoles -entonces CESID y hoy CNI- a políticos, empresarios y periodistas, incluido el rey Juan Carlos. Pedro Sánchez no ha querido ser menos y el Gobierno ha denunciado que, hace un año, los teléfonos del presidente y de otros ministros fueron pinchados. No se sabe qué información sustrajeron ni si era relevante ni quién la ha incautado. Nuestra casta política tampoco sabe tener la boca cerrada. A los nuevos miembros admitidos en la Comisión de Secretos Oficiales les ha faltado tiempo para salir de la sala donde se celebraba y contarle a la prensa lo revelado en ella. Y, además, han conseguido la cabeza de la jefa del CNI.

Ahora bien, para “marujo” nacional, el excomisario Villarejo. Guardaba información de cuantos se relacionaban con él. Creó una “agencia de modelos” a fin de obtener datos comprometedores de políticos, jueces, empresarios y otros personajes influyentes usuarios de tales locales y poderlos extorsionar. Así, se explicarían muchas decisiones políticas y sentencias judiciales difíciles de entender. Se ha difundido una grabación en la que Villarejo, durante una comida, presumía de dicha actividad, a la que se refirió como “información vaginal”, ante Dolores Delgado, actual fiscal general del Estado, y su pareja, el exjuez Garzón. Aquella aplaude a Villarejo asegurándole el éxito. Con idéntico propósito, el expolicía instaló cámaras en la sauna gay más grande de Europa, situada en Madrid y, por entonces, propiedad del suegro de Sánchez.

Qué de historias se está perdiendo el cine español. Los guionistas tienen ahí un auténtico filón que dejaría en mantillas las películas de espías aunque, más que de James Bond, parecen propias de Mortadelo y Filemón.

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