Opiniones

Pecados capitales

En 1966, el historiador catalán Fernando Díaz-Plaja publicó El español y los siete pecados capitales, una radiografía de nuestros hábitos y defectos. La obra obtuvo un gran éxito superando el millón de ejemplares vendidos.

Años después, el zaragozano José María Forqué la convertiría en serie de televisión. Igualmente, llegaría a los escenarios.

Quienes ya peinan canas, aunque sean teñidas, y tuvieron que estudiar en sus años chicos el catecismo, recordarán, siquiera someramente, la lista de los siete pecados o vicios capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Lo que se memoriza de niño, suele conservarse grabado en la mente. En este libro, Fernando Díaz-Plaja concluía que el pecado capital mayoritario entre los españoles era -y es- la envidia. Sin embargo, esta reflexión no es aplicable a la casta política cuyo principal vicio capital es la soberbia.

Todos conocemos algún caso del “usted no sabe con quién está hablando”.

Siempre hay excepciones pero qué difícil resulta encontrar a un político que reconozca su error y pida perdón. Que dimita, es casi un suceso paranormal propio de Cuarto Milenio. El verbo dimitir no existe en el diccionario de la casta. Se diría que a muchos de nuestros políticos, con el cargo, les proveen de un ego descomedido y les regalan el espejo de la madrastra de Blancanieves ante el que se pasan el día mirándose, atusándose y preguntándole: “Dime, espejito mágico, ¿quién es el más guapo y el más listo del universo?” Solo hemos de observar la fatuidad de sus soflamas, en ocasiones, supurantes de inquina y desprecio hacia el contrario.

Se les suben sus privilegios a la cabeza cuando, sobradas veces, la única ocupación y preocupación de sus vidas ha sido la política o, mejor dicho, su promoción política a la sombra del líder que necesita un coro de serviles adulones que le regalen los oídos. Les falta humildad, la virtud contra la soberbia.

En su prepotencia, se consideran por encima de todo y de todos, incapaces de admitir críticas, eludiendo responsabilidades y echando la culpa a otros. Siempre habrá palmeros a quienes no importen sus fallos y les defiendan sin nunca negarles la razón. Como decía José de San Martín, uno de los adalides de la independencia de la América hispana: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices que se encuentran de golpe con una gota de poder”.

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