Opiniones

Silencio, silencio

Con el cambio de los tiempos, se van perdiendo muchas buenas costumbres, entre ellas la de expresarnos en voz baja. Vociferamos como si los demás estuvieran sordos como tapias.

Iglesias y museos, lugares donde siempre se había observado un reverente sigilo, se asemejan, a veces, a plazas de pueblo en día de feria. La gente no guarda la compostura ni el respeto debidos no solo al recinto sino también al resto de los concurrentes. Nos hallamos condenados a vivir inmersos en el ruido y no nos es posible desprendernos de él. Chillidos, tacones matutinos o nocherniegos en el piso de arriba, coches con la música a todo volumen que hace vibrar los cristales de las ventanas, motos con los tubos de escape manipulados, petardos en fiestas y otros eventos… Esto, sin contar el ajetreo de las vías públicas y del tráfico que ya hemos asumido como algo normal en nuestra rutina. Nos divertimos y protestamos de manera escandalosa sin importarnos la hora o si se molesta a los vecinos, lo que parece formar parte de nuestro temperamento mediterráneo extrovertido y bullicioso.

A menudo, nos cruzamos por la calle con individuos hablando a gritos por teléfono. En muchas ocasiones, podrían prescindir del artilugio pues es casi seguro que sus interlocutores se enterarían igual. E idéntica conducta mantienen en trenes y autobuses. Y más, cuando usan la aplicación de manos libres. Nos brindan por partida doble toda la conversación sin mostrar recato alguno en pregonar su privacidad que, dicho sea de paso, no le importa a nadie.

Nos agobian los ruidos y la gente pero, por otra parte, nos agobian y aterran aún más el silencio y la soledad. Así, nada más llegar a casa, conectamos la televisión o la radio o nos ponemos música aunque no les prestemos la menor atención. Oímos pero no escuchamos.

Necesitamos sentirnos acompañados pero sin personas a nuestro alrededor. Hoy, resulta extraño entablar una conversación con el viajero de al lado. Nos endosamos los auriculares o nos aislamos del entorno abstrayéndonos con el móvil o el ordenador. Con las prisas y el estrés de la vida diaria, es complicado encontrar unos momentos de silencio para relajarse y  pensar. Y cuando podríamos disfrutarlos, no los aprovechamos. Emocional y psicológicamente, nos convendría a todos, a nivel individual y de grupo. No nos mostraríamos tan irascibles e intolerantes lo que implicaría una mejor convivencia. Como escribió el filósofo francés Paul Masson, “Con la palabra, el hombre supera a los animales. Pero, con el silencio, se supera a sí mismo”.

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