Aldous Huxley, en su obra Un mundo feliz, escribe: “Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre.” La novela, publicada en 1932, no puede ser de mayor actualidad. Creemos gozar de una libertad como nunca hasta ahora, sin embargo, jamás, hemos estado tan mediatizados. Somos manejados igual que títeres.
En todo momento, pueden localizarnos, conocer cómo manejamos nuestro dinero con los movimientos de las tarjetas bancarias y saber de nuestras pautas cotidianas a través del consumo de electricidad.
Sutilmente, pero de manera progresiva y continuada, se están infiltrando en nuestras vidas y conformando nuestros comportamientos a fin de moldearnos dóciles ante la dictadura silenciosa de lo políticamente correcto y macerarnos para consentir otro tipo de dictadura, la política. Nos van imbuyendo cómo hemos de pensar, en qué lengua hablar, qué debemos comer pues alimentarnos de carne nos convierte en asesinos, según algunos veganos, y tomar lácteos en ladrones de leche, en palabras del nuevo director general de Protección Animal, de la formación de extrema izquierda Unidas Podemos, Sergio García Torres (“El hombre es el único mamífero que le roba la leche a otra especie”). Pretenden, incluso, cambiar la gramática o regular nuestra intimidad queriendo obligar a los hombres a orinar sentados.
La mayoría de la gente se informa a través de la televisión que nos ofrece divertimento a la par que evasión. De ahí, la importancia de controlar los medios de comunicación para poder manipular la realidad, resaltando unas noticias, tapando otras, desacreditando, de paso, al contrario... Así van anestesiando a una sociedad que lee poco y que se relaja viviendo pendiente en plan voyeur de una fauna de personajes vulgares que, si no fuera por la telebasura, carecerían del mínimo interés. Programas como los grandes hermanos, viceversas, sálvames, supervivientes e islas, donde “famosos” y “famosas” exponen, sin ningún pudor, sus interioridades y miserias, arrasan emplazando en alguna franja horaria a casi la mitad de la audiencia.
Esto no dice mucho de nosotros. Luego nos quejamos.
