Universitarias

Hasta no hace muchas décadas, la universidad era cosa de hombres, como aquel coñac que se anunciaba en la televisión cuando no existía el botellón y la principal misión de las mujeres era proveer el bienestar de los maridos. Entre 1841 y 1846, Concepción Arenal asistió como oyente a la Facultad de Derecho de Madrid aunque tuvo que disfrazarse de hombre. En 1872, María Elena Maseras se convirtió en la primera mujer matriculada en una universidad española, la de Barcelona, para estudiar Medicina. Pudo hacerlo con un permiso especial del rey Amadeo de Saboya que solo la facultaba a cursar la carrera en régimen privado sin acudir a clase.

Tres años más tarde, consiguió ser oficialmente admitida en un aula universitaria ocupando un asiento especial junto al profesor, separada de sus compañeros. En 1878, obtuvo el título pero este no la capacitaba para ejercer la Medicina. Hubo de esperar a 1882 para que el Ministerio de Instrucción Pública le concediese la habilitación. Por fin, el 8 de marzo de 1910, se aprobaba por ley la matriculación de alumnas en todos los centros docentes de España. Hasta esa fecha, treinta y seis mujeres habían finalizado sus licenciaturas de las que solo ocho alcanzaron el Doctorado.

Hoy día, la realidad es otra bien diferente. Las mujeres son mayoría en la Universidad y con unos resultados académicos superiores a los de los hombres. Y, ahora, igual ellos que ellas
llegan de madrugada a casa repletos de sustancias tanto etílicas como de otro género. Sin embargo, esa mayoría femenina no se da en las carreras técnicas y científicas donde predominan los hombres. ¿A qué es debido? ¿A que todavía perdura el manido estereotipo de que existen ciertas profesiones asociadas al rol femenino y, por ello, las mujeres desechan las carreras técnicas? ¿O se debe a diferencias psicológicas entre ambos sexos y las mujeres se sienten naturalmente atraídas por ciertos estudios y trabajos con una remuneración, dicho sea de paso, mucho menor, mientras que los hombres se inclinan hacia otros? No es cierto que a las mujeres se les den peor las disciplinas técnicas; aquellas que las siguen obtienen, en general, mejores calificaciones que los hombres. Hay suficientes argumentos para defender ambas posturas. Lo importante es asegurar que unas y otros, dentro de su libertad y en igualdad de oportunidades, estudien lo que deseen sin trabas ni convencionalismos sociales, económicos o sexistas.


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