Cosas del verano

“Como todos los meses de agosto al llegar la fiesta mayor….” Ahí estamos, con los pueblos rebosantes de vida, música y jolgorio en agotadoras sesiones y compadreo a raudales.

Qué paradoja y que pena. Como observador de cuanto nos rodea, he podido ir comprobando como con el paso del tiempo, cada día se nota más la estacionalidad festiva. Me duele que en los últimos años, podamos constatar cómo cada vez son más los que visitan sus pueblos para las fiestas, sin más.

Vienen, se divierten y se van; 5 intensos días, pero sin excederse. Eso sí, luciendo por medio mundo la camiseta de marras que acredita que su pueblo es el mejor del universo, y así se encargarán de contarlo y loarlo.

Y entre tanto, el resto del año las calles vacías, los bares en silencio, y la única compañía de una soledad que campa a sus anchas, cada vez durante más tiempo por nuestros pueblos. En los próximos años se podrá hacer un estudio sobre el cambio de tendencia, porque aquella generación que emigró en los 50 y 60, es ya mayor para disponer libremente de ir y venir al pueblo que les vio nacer; sus hijos hoy tienen en su mayor parte la carga de ejercer de abuelos de jóvenes que priorizan los megas, el wifi y la conectividad por encima de todas las cosas; ganar likes a costa de las fiestas debe ser sencillo, pero a partir de ahí poco más que
contar en las glamurosas redes.

Y los pueblos viven su pico festivo para volver a la tediosa rutina de siempre; el 1 de septiembre hay que retornar a la gran urbe porque los chicos trabajan, y alguien tiene que parar cuenta de los nietos; en ese egoísmo implícitamente, también reside parte de esa despoblación que nos atenaza. Son los hijos del pueblo los que vuelven, pero aquellos que únicamente son nietos, prefieren otras cosas. Tristemente seguimos perdiendo en la batalla de la imagen, porque ir de turismo rural un fin de semana es lo más, pero volver a los orígenes cada vez se estila menos. No siempre hay piscina, no hay un bar en el que hacer cola como en los sarbuks esos. ¿Y la magia de la fresca para mayores y niños? ¿La libertad de ir en bici sin necesidad de un carril? ¿Las calles donde el calor da tregua? ¿Los sabores, los saberes?

Recuperar esos juegos de antaño, algo tan básico como el escondite. Ese pabellón en “propiedad” para jugar hasta hartarse, esos helados que uno se come sentado sobre unas escaleras, en el quicio de una ventana…eso que se llama calidad de vida, calidad de descanso.

Eso es lo que nos hace diferentes; ir al bar a jugar la partida, tomarse algo sin necesidad de quedar con nadie a un precio mucho más reducido que en cualquier sitio; el pan de pueblo, los huevos, el jamón….ay amigos la de cosas que podemos aprender. Las fiestas son maravillosas, pero todo cuanto rodea al verano merece la pena ser vivido y disfrutado en el pueblo. El compromiso también se demuestra con esos gestos.


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