Delitos y víctimas

De Concepción Arenal, poeta, ensayista y precursora del movimiento feminista, que vivió en el siglo XIX, es la máxima: “Odia el delito y compadece al delincuente”, que se ha convertido en divisa entre ciertos sectores ideológicos para quienes el ser humano nace bueno y es la sociedad la que lo pervierte y lo convierte en malhechor. Esta idea podría resultar aceptable en la época decimonónica y en muchos casos de la actualidad. He impartido clases en centros penitenciarios y he asistido a sesiones terapéuticas donde los internos exponían sus vidas y algunos testimonios eran, verdaderamente, estremecedores.

Cualquier persona, en circunstancias semejantes, respondería igual o peor.

Sin embargo, no todos los infractores de la ley son así. Existen también auténticos psicópatas asesinos, violadores y pederastas que no han sido maleados por la sociedad sino que padecen un trastorno mental incurable y seguirán cometiendo sus crímenes a la menor ocasión que se les presente como ocurre frecuentemente; el último caso, el asesinato del niño de Lardero. En las prisiones, a los agresores sexuales se les ofrecen programas para aprender a controlar su irracionalidad. Programas que son voluntarios. Este tipo de reclusos no están obligados a seguirlos. Un pederasta o violador, mientras están encerrados, sin contacto con niños o mujeres –salvo las funcionarias-, pueden mostrar un comportamiento irreprochable.

Otra cosa es cuando se ven libres y a sus anchas para atacar a sus presas.

Pero la frase de Concepción Arenal continúa: “…si está arrepentido, ámale y protégele”. No siempre los delincuentes se arrepienten de sus actos y no quieren o están imposibilitados patológicamente para reinsertarse. Son seres humanos, como dice alguna periodista, pero no pueden estar en contacto con la sociedad si se quieren evitar sucesos tan luctuosos como el citado y que se repiten con demasiada frecuencia.

Por otro lado, Concepción Arenal y esos sectores ideológicos calados de un excesivo buenismo y contrarios a la pena de prisión permanente revisable e, incluso, a la existencia misma de las cárceles, se olvidan de la parte más débil en todo delito, la víctima que, igualmente, es un ser humano. Los derechos y la dignidad de esta deben prevalecer sobre los del criminal. De todas formas, en España, somos muy crueles y nos olvidamos enseguida de la parte infortunada. Ya lo dice el refrán: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”.


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