Opiniones

El buen yantar

La comida es una necesidad pero, también, puede convertirse en un placer, incluso en un arte. Muchos añoramos aquellos platos que, sin prisas y con dedicación, guisaban nuestras madres. Recuerdo, de niño, que venían a vender por las casas la leche recién ordeñada en unos cántaros de aluminio, brillantes, que parecían de plata, o tomábamos sardinas crudas, o con un alfiler se agujereaba un huevo para sorberlo tal cual, o bebíamos agua de las acequias y no nos pasaba nada. Hoy día dichas prácticas están proscritas por su alto riesgo para la salud.

La vida moderna, con su ajetreo, nos ha obligado a renunciar a aquel modo sosegado de conducirnos de antaño, impensable e imposible, en la actualidad. Ahora, nos lo venden todo
elaborado. Hasta para cocinar la tradicional paella de los domingos hay caldo preparado. Ya no hace falta esperar a que el agua, al hervir, vaya tomando la sustancia del sofrito. Si leyéramos las sustancias añadidas a todos los productos envasados, nos asustaríamos de la cantidad de productos químicos que ingerimos. Estamos envenenando la tierra, las aguas y el aire y, para comer, hemos de tomar toda clase de precauciones. Y a pesar de los controles aplicados -o que deberían aplicarse- a los alimentos que compramos, siempre se cuela alguna negligencia como el reciente caso de la carne mechada y el brote de listeriosis.

Las personas de una cierta edad echamos de menos aquellas viandas tradicionales y apreciamos los menús presuntamente caseros que anuncian en algunos restaurantes. En cambio,
la juventud desdeña este tipo de yantar y frecuenta, con exceso, la comida rápida o comida basura, muy atractiva a la vista, olfato y gusto pero con elevados niveles de grasas, sales,
azúcares, aditivos y conservantes que aumentan el apetito y la sed en los consumidores y pueden llegar a producir en nuestro organismo, además de adicción, enfermedades cardiovasculares, diabetes y obesidad. A esto se une el sedentarismo de los adolescentes -y no tan adolescentes- enganchados a los dispositivos electrónicos. Aparte, está la nueva cocina de autor en la que se tarda más en decir el nombre del plato que en comerlo. Cuando empiezas a saborearlo ya se ha acabado. Y, encima, te quedas con hambre y, a media tarde, el estómago está demandando merendar. Pero de todo ha de haber en la viña del Señor y para gustos, sabores.

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