Maldita hemeroteca: primera ola

Llevamos ya un año sumidos en el desastre de la pandemia, en plena tercera ola, con más de 60.000 fallecidos oficiales, el doble según los servicios funerarios que en el acta de defunción, firmada por un médico, han de señalar la causa de esta. Menos mal que en España no habría "más allá de algún caso diagnosticado" (Fernando Simón), que estábamos preparados “para actuar ante cualquier eventualidad” (Salvador Illa, ministro de Sanidad) y que los impactos de la epidemia en la economía española serían “poco significativos” (Nadia Calviño, vicepresidenta económica). El 25 de febrero, El País publicaba en su portada que la OMS pedía al mundo prepararse para una pandemia. Aquí, no se hizo caso y las televisiones se burlaron del virus.

Nuestra vida transcurrió normal hasta el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, cuando ya se contaban en nuestro país 600 positivos y 17 fallecidos. Fernando Simón, preguntado por las manifestaciones con motivo de tal efeméride, respondió que no iba a indicar a nadie qué debía hacer y que, si su hijo se lo preguntaba, le diría que hiciera lo que quisiera. Carmen Calvo animó también a las mujeres a acudir pues “les iba la vida en ello”. Se celebraron numerosas manifestaciones con una nutrida participación y, con ellas, mascletaes, eventos deportivos, políticos, etc. Casi toda la cabecera ministerial de la de Madrid resultó infectada.

A partir del lunes 9 de marzo, los acontecimientos se precipitan. Los contagios y muertes se disparan y el 14 se declara el estado de alarma y el confinamiento de la población que no se levantará hasta el 21 de junio en que pasamos a la nueva normalidad. A pesar de que el Gobierno repitió que estábamos preparados para hacer frente a la pandemia, lo cierto es que no había mascarillas, tan simples de fabricar que nos parecen ahora. Por ello, el 29 de abril, Simón descartó su uso obligatorio, advirtiendo que, incluso, podía ser contraproducente. No serían preceptivas hasta el 19 de mayo. Igualmente, los sanitarios carecían de la protección suficiente para no contagiarse. Tuvieron que echar mano de la imaginación y confeccionarse ellos mismos sus equipos de seguridad, a veces con bolsas de basura. La consejera de Sanidad de Aragón hubo de dimitir tras declarar que, para ellos, era “un aliciente” fabricarse su propio equipo de protección. Toda la labor sanitaria del Gobierno estuvo dirigida por un supuesto comité de expertos que, al final, resultó no ser tal. Pero de esto y de las otras olas del o de la covid-19, ya hablaremos. Como se dice en las series de televisión, “continuará”.


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