Protección a la infancia

En los pueblos, chicos y chicas, con tierras y vacas, se casaban, de modo que el trabajo estaba garantizado, y por tanto, a la descendencia no le iba a faltar protección. Además no tenían nada que denunciar, y sí tareas que realizar con su padre y con su madre, tíos o abuelas, además de ir a la escuela, el instituto o la universidad. De modo que no tenían más que emular a sus padres, y tener trabajo con ingresos, y luego formar una pareja, y con ella lo que venga. Que así estará protegido. Es esencial un compromiso de no robar hijas ni patrimonio, a nadie. Las mujeres en estas circunstancias, no se reservaban quehaceres, y naturalmente contribuían a la economía familiar, aportando y sin rivalizar. Y de modo natural, la descendencia iba aprendiendo los oficios de sus ancestros, sin sentir. Lo de los estudios académicos ya era más incierto. Pero se guiaban por hacer lo que podían por aprovechar lo que allí se ofrecía, sobre todo si lo que costaba suponía un sacrificio para los padres o quienes contribuyeran. Esa abundancia de actividades, hace que no haga falta ni reprender, ni mucho menos maltratar.

Aparte de lo de casa y los estudios, estaba preparar fiestas populares, coger caracoles, pescar en el río, hacer trabajos comunales, cortar leña en el monte, visitar a los parientes no tan lejanos o sí, para comuniones, bautizos, bodas, o patronos, cuando no ir a decenas de kilómetros a trabajar huertas o atender algún favor o ayuda. Y todo porque el objetivo era dejar la soltería, y no, tener sexo. Y si se producía el embarazo, siempre de mutuo acuerdo, pues se acogía a la hija con toda la disposición a cuidar. Será una más en casa.

Y si en el colegio le hablaban de algo raro. Pues se hablaba en casa suficientemente, y ya está. ¿Qué es eso de vetar? Por favor. Y de los juzgados, lejos, que quien mucho pleitea, pierde fama y pierde hacienda.


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