Sobre la paz

El 30 de enero de 1948 era asesinado el Mahatma Gandhi, dirigente independentista hindú erigido en símbolo del pacifismo. La Unicef (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) ha escogido esta fecha para celebrar el Día Escolar de la No Violencia y la Paz con el objetivo de lograr una “educación en y para la tolerancia, la concordia, el respeto a los Derechos Humanos, la no violencia y la paz” y que el alumnado adquiera “conocimientos, actitudes y competencias que refuercen su desarrollo como ciudadanos globales, críticos y comprometidos con sus derechos y los de otras personas”. Los alumnos de primaria y secundaria de Alcañiz festejaron tal efeméride llenando la remozada plaza de España con pancartas, cantos y buenos propósitos.

Está bien salir a las calles y manifestarse a favor de dichos valores pero la educación por la no violencia y la paz debe darse todos los días y en todos los ámbitos, no solo en la escuela
sino también en la familia y, mayormente, en los medios de comunicación, los principales moldeadores de nuestra conducta. Esta sociedad -cada vez más crispada- no educa para la paz y la concordia. Se condenan, con toda razón, ciertos tipos de violencia pero, ante otras expresiones de esta lacra, se pasa de puntillas o, incluso, se llegan a disculpar y, en no pocas veces, a aplaudir. Se pide respeto por las ideas propias, respeto que no se guarda por las ajenas y se descalifica y reprueba a los que se desvían de la senda impuesta por los nuevos y las nuevas Torquemadas, gurús de la única verdad, la suya. No se trata tan solo de gentes comunes, transeúntes de las redes sociales; lo grave, es que algunos políticos y personajes públicos, que deberían dar ejemplo de tolerancia y civismo, son los pirómanos que prenden las disensiones.

Si de verdad queremos educar en la no violencia y la paz hemos de inculcar -predicando con el ejemplo- la necesidad de aceptar y respetar a todas las personas, cualquiera que sea su
sexo, edad, o condición social y económica, a quienes tienen otro color de piel, otra cultura, otra lengua u otras creencias, a las gordas y a las flacas, a las listas y a las menos inteligentes, a quienes llevan gafas, a quienes aman y sienten distinto, a quienes no piensan igual que nosotros y a quienes opinan diferente. Eleanor Roosevelt, esposa del Presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt y fervorosa defensora de los derechos humanos: “No basta con hablar de paz, uno debe creer en ella. Y no es suficiente con creer, hay que trabajar para conseguirla”.


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