A por otra

Mal que bien hemos pasado la Semana Santa de aquella manera. Sin procesiones, sin reencuentros familiares, sin playa y en mi caso, hasta sin rosqueta porque en esta ciudad donde vivo la rosqueta (culeca o mona de pascua), se come los días previos al lunes de pascua y por poco previsora me he quedado sin… Mi cuerpo serrano lo agradecerá, que después del potaje, el bacalao con tomate y las torrijas, necesita un descanso culinario.

Ahora a esperar. A esperar la temida ola de Covid que dicen que se avecina, y de paso, la vacuna, que por edad ya me va tocando. Una ventaja que tiene hacerse mayor, que no vieja.

Hemos puesto nuestras esperanzas en la vacuna, y parece que con eso ya no haya que tener medidas preventivas. Así hemos visto los descerebrados celebrando fiestas, reuniones multitudinarias, los aficionados al fútbol, los inconscientes… El mar está picado y saltar las olas es cada día más costoso por puro cansancio, pero aquí seguimos, saltándolas como podemos, esperando que la siguiente no nos rompa delante de las narices y nos de un revolcón en el que salgamos mal parados o incluso ahogados (nunca mejor dicho, que este virus cabrón ataca al sistema respiratorio sobre todo).

El año que viene esperemos que resuenen los tambores con fuerza en nuestra tierra, que nos podamos dar abrazos, nos veamos las caras y no tengamos que están aún saltando olas.


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