Geseronlinepate

Dícese de la carrera más prometedora del futuro inmediato.
Este acrónimo se traduce como: Gestor de Servicios on Line para la Tercera Edad.

Pues no es una tontería, no, porque lo que antes podía gestionar casi cualquier abuelito a poco que estuviera meramente informado, como resolver papeles en su banco, citaciones en la S Social o gestionar su declaración de la renta en las oficinas de Hacienda, todo eso se acabó. Ahora la tecnología se impone, y lo que antes con tanta amabilidad te resolvía una "persona humana" detrás del mostrador, es agua pasada.

Ahora hay que ser un experto en mover el dedito sobre la pantalla de tu móvil, tecleando números, a pesar de que notas que tu hábil psicomotricidad fina ha dejado de ser tan precisa por los temblores que te produce el Párkinson.

Notas que la incorregible Presbicia unida a Cataratas a la espera de cirugía y tu incipiente Alzheimer te juegan malas pasadas, al visualizar y confundir la larga lista de números que debes recordar en órden y sin equivocarte.

Tampoco puede ayudarte esa amable señorita que como un duende mágico se esconde en las tripas de tu móvil y que con una voz aterciopelada responde a tus requerimientos, cuando, apurado, y nervioso por la mala fijación de tu dentadura postiza, logras a duras penas balbucear un socorro, y le dices: "Siri, por favor, ¡ayúdame! , ésto me desborda", pues tu sordera y la mala calidad de la pila de tus audífonos, que siempre tiene la mala pata de acabarse cuando más se necesita, te impide siquiera utilizar ese mínimo recurso pseudo humano que podría paliar de alguna manera ese cuadro desolador de los que les ha tocado vivir la transición entre un pasado que no acabamos de dejar y un futuro para el que todavía casi nadie está lo suficientemente preparado.

Así que ya saben, jóvencitos tecnológicos, abran sus oficinas y rotulen sus negocios con este nuevo acrónimo, pues un ejército de personas ávidas y desesperadas por conseguir ayuda de este tipo les estará esperando.

Quién me iba a decir a mí que añoraría al funcionario de toda la vida, aquel con manguitos negros, enfrascado entre papeles y que tras una diminuta ventanilla a la cual habías accedido tras horas de hacer cola, te pedía justo el papel que no llevabas y entre dientes refunfuñando te decía: ¡Lo siento. Vuelva usted mañana!


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