Estamos en plena vorágine de la era digital y todo se puede tramitar online. Todo es fácil y accesible. Desde la compra de un pantalón, pasando por la solicitud de un puesto de trabajo o una cita médica. Y con la llegada de la pandemia aún se ha popularizado más. La disminución de la presencialidad ha forzado que el mundo digital entrara de lleno a nuestras vidas. De hecho confieso que yo estoy encantada porque realmente siempre he sido muy aficionada a la tecnología.
Pero aunque las administraciones públicas se han puesto manos a la obra, unas más que otras, para que los trámites online faciliten la vida al ciudadano, esto no siempre es así.
Ciertamente observo con preocupación como ciertos trámites son un verdadero quebradero de cabeza para nuestros mayores o como en algunas ocasiones las avalanchas de peticiones de un determinado trámite, como ha ocurrido estos días en Cataluña con el pasaporte COVID, colapsan el sistema y acceder acaba siendo una locura.
Y no sólo nos encontramos esta tesitura en los trámites administrativos, también nos hallamos ante situaciones surrealistas en las empresas privadas como la banca donde cualquier gestión presencial se convierte en toda una montaña rusa impersonal y fría para el cliente.
En definitiva nos encontramos ante una nueva versión del “Vuelva usted mañana 2.0” que Mariano José de Larra nos describió a finales del siglo XIX con tanto acierto. Cambian los tiempos, cambia la tecnología, cambia la forma, pero el fondo de nuestra sociedad, perezoso y poco diligente, parece permanecer intocable al paso del tiempo y de las circunstancias.
Creo que un modelo mixto y ajustado a las necesidades de cada persona sería lo ideal, presencialidad cuando se necesita y sencillez en los trámites digitales. Y lo que es más esencial el fomento de las ventanillas únicas rápidas y eficaces. Por pedir que no quede!
