Opiniones

Y de repente... un adolescente (Parte 2 - ¿Chico o chica?)

Nos encontramos en plena vorágine del verano, un verano que todos nos estamos esforzando en vivir al máximo después de dos años de veranos extraños provocados por una pandemia que nos sobrevino cuando menos lo esperábamos. Creo que no es osado afirmar que todos tenemos esa sensación de haber perdido una época importante de nuestra vida, pero pienso que la situación es más especial en los niños y sobre todo en los adolescentes.

Ambas etapas son importantes y cortas, y en ellas se producen vivencias y desarrollos fundamentales que nos marcan para siempre. Esta generación sin duda no olvidará este momento y seguro sufrirá en mayor o menor medida las consecuencias de confinamientos y limitaciones varias. Pero ahora que ya ha pasado “lo gordo” toca vivir. Y los padres de adolescentes nos encontramos ante el dilema tras el parón, hay que reiniciar la vida, hay que dejarles salir al mundo, hay que exponerlos de nuevo a los peligros, y aunque muchos me dicen que en mi caso es fácil porque soy madre de chico, yo no acabo de ver la facilidad del asunto porque los riesgos y los peligros están y existen para ambos sexos.

¿Chico o chica? Esa es la cuestión. Está claro que desde siempre ser padre o madre de chica ha sido un “suplicio”, entendedme, y más en la adolescencia. La sociedad no lo pone fácil, y las chicas, entre ellas me incluyo, no nos sentimos seguras en muchas ocasiones y menos saliendo solas de casa de noche. Ahora con la salida a la palestra de la sumisión química a través de pinchazos de sustancias poco aconsejables a traición en los locales de ocio nocturno se ha sembrado verdadero pavor entre las jóvenes y las no tan jóvenes, y entre los padres que observamos atónitos como la depravación humana solo hace que aumentar y evolucionar pero casi siempre en sentido negativo.

Pero los progenitores de niños tampoco lo tenemos fácil, educar a chicos que sean empáticos, sensibles, respetuosos, no machistas y valedores de la igualdad real es todo un reto aún a estas altura del siglo XXI. La sociedad en la que vivimos sigue poniendo las cosas demasiado complicadas y la crianza muchas veces se ve obstaculizada por muchos estigmas, estereotipos y normas rígidas que no ayudan, o más bien al contrario ponen más trabas, aunque los padres tengamos las ideas bastante claras, que creo es mi caso. De hecho mi principal preocupación es, más allá que alguien pueda hacer daño a mis hijos, si ellos pueden llegar a ser los agresores o quienes puedan ser los causantes. Los valores que les trato de inculcar, el ejemplo que le puedo dar yo o su padre, la constancia del discurso y la coherencia del mismo, son armas de las que disponemos las familias para luchar contra ese patriarcado demasiado apegado todavía a nuestro mundo y nuestra forma de vivir.

Así que creo firmemente que en nuestro caso el sufrimiento va por partida doble, el de que sea el agredido o que le sucedan cosas y el de que sea el agresor y que las cause él.

De hecho en estos calurosos días tambien ha saltado a la palestra el debate del consentimiento en el caso de las relaciones sexuales mediante contracto escrito debido a la ley del “solo si es si”. Obviamente es un fake el hecho que vaya a existir ese contrato ya que no tendría ningún sentido ni lógica, pero lo que creo que se busca con esta norma y con muchas otras acciones de protección a la mujer es que el consentimiento siempre haya de ser expreso, porque aunque a muchos sectores de la sociedad aún les parecerá exagerado, la seguridad de la mujer no es para nada algo incontestable. Y por eso cada año la lucha del 8M lamentablemente debe seguir vigente y en pie.

Me gustaría dar un mensaje más alentador como conclusión pero ser padres de adolescentes, volver a verlos volar y temer por su seguridad en cada momento, sigue siendo una tarea muy compleja y difícil de gestionar, tanto si se trata de un hijo como de una hija.

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