Magia

El mago abrió el libro de los conjuros y comenzó a recitar sus versos. Movía las manos y los brazos siguiendo un ritual mil veces repetido, mientras modulaba su voz tratando de mantener viva nuestra atención. En un momento dado, invitó a salir a una persona del público, y esta cogió el libro y leyó unas fórmulas que repetía una y otra vez como una letanía.

Muchos de los asistentes, que ya conocían el número de magia, repetían los versos con una cadencia casi hipnótica. Otros observábamos el espectáculo en silencio, seguros de que todas esos sortilegios que invocaban a un ser superior eran tan solo eso, un truco de magia.

Poco después, el hechicero se dirigió hasta una mesa, empezó a mezclar con esmero ciertos productos, los colocó en un recipiente metálico, prendió fuego a la sustancia y un humo espeso que desprendía un agradable olor comenzó a esparcirse por el lugar. Entonces, descendió unos escalones y se acercó al ataúd de mi madre. Sin dejar de agitar el objeto metálico que no cesaba de emanar ese atrayente aroma, iba dando la vuelta al féretro mientras continuaba recitando el hechizo por el que pretendía imbuir en el inerte cuerpo la quimera de la vida eterna.

Pero, en realidad, la auténtica maga era mi madre. Porque ella sí que supo durante toda su vida realizar los mejores trucos en la intimidad de nuestro hogar. Me encantaba el truco del trilero que no se cansaba de repetir todos los días, por el que en los tres platos de comida que había encima de la mesa, el de ella, el de mi padre y el mío, el mejor trozo de comida siempre aparecía en el mío. Y el truco de los ovillos era fantástico; yo le iba a comprar unos ovillos de lana y al día siguiente se habían convertido en una amorosa chaqueta, en una cálida bufanda o en un divertido gorro con su preciosa bola en lo alto. Y cuando caía enfermo, se esmeraba en prepararme las mejores pócimas para curarme lo antes posible. Y cuando crecí y llegó el momento de volar para estudiar fuera, me demostró que era una maestra en el truco del escamoteo; tenía una habilidad pasmosa para escamotear el dinero de sus cosas, con tal de que a mí no me faltara una buena educación.

Pero, ingrato de mí, muchas veces le reproché que su magia no alcanzase para aprobar la manera en la que yo había decidido vivir mi vida. Sí, qué ingrato. Tantas veces me enfadé con ella y me olvidé de que, a pesar de ello, pese a que yo no he vivido de la forma en la que ella había deseado, a pesar de todos los disgustos que le di, fue capaz de hacer el truco más espectacular: seguir queriéndome incondicionalmente, y estando yo seguro, además, que ella habría dado su vida por mí en cualquier instante si hubiera sido necesario. Y esta noche miraré al cielo infinito sabiendo que si bien en él tan solo vagan estrellas y planetas, la magia con la que mi madre alegró nuestras vidas ha quedado esparcida en el universo.


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